El Big Crunch (XXXII)

Estoy tumbado sobre la camilla. La osteópata me sostiene el antebrazo. Siento la carne retorcida, retorcida desde lo más profundo de la espalda, junto a la columna vertebral. Algo horrible e indefinido ocurre bajo la escápula. Siento la articulación del hombro retorcida, como si estuviera del revés. La carne del brazo está retorcida. Siento el codo retorcido, como si estuviera al revés. La carne del antebrazo está retorcida. Me duele la muñeca. Las sensaciones de los brazos, de puro retorcimiento, se me salen de los brazos y, cuando ella me pone las manos encima, estas sensaciones difusas y diseminadas colapsan en forma de dolor.

Me coge del antebrazo con las dos manos. Me pide que gire el brazo. Con sus manos, hace girar la carne en una dirección mientras yo hago rotar el brazo en la otra. La carne desliza sobre el hueso tirando de las articulaciones. Cuando entré por la puerta, hace quince minutos, le dije que estaba bien. De verdad que lo creía hasta que me puso las manos encima. Ahora la angustia se apodera de mí.

—Te voy a hacer algo nuevo —dice.

Eso podría tener muchas connotaciones sexuales. Solía entretenerme con cosas así. Estoy aquí tumbado, sobre la camilla. Se me ocurrían muchas cosas que podrían suceder, especialmente con aceite. Ahora sólo quiero recuperarme un poco más, terminar con el dolor, salir ese angustioso malestar. Podría marcharme fácilmente al interior de una fantasía sexual o a cualquier otro sitio mejor que la pura realidad, pero decido quedarme y sentir todas esas sensaciones desagradables: es la única manera de hacer algo útil con ellas.

Se embadurna las manos con aceite y empieza a masajearme el pecho. Es la primera vez que recibo algo así. De la nada entumecida que es mi torso comienzan a surgir tímidas sensaciones. Tengo algo ahí. Es lógico, toda esa carne que veo ahí abajo tiene que estar llena, pero no la siento. Con sus manos acariciándome el pecho, esa parte de mí comienza a despertar de un letargo de más de 25 años.

—¿Qué tal? —me pregunta.

Quiero responderle, pero no sé qué decir. En mi mente surgen colores y formas diversas y novedosas. Finalmente consigo articularlo:

—Es como un museo de sensaciones.

No sabía que todo eso estaba ahí. Después de más de tres años de recuperación, me hundo al descubrir que todavía me queda todo eso por reanimar, por devolver a la vida. Pero bueno, me consuelo: estoy progresando. Sigo avanzando. Vienen baches, pero al menos voy hacia adelante.

Dos semanas más tarde vuelvo a estar tumbado boca arriba sobre la camilla. Estoy mejor, estoy incluso contento. Me mantengo así hasta que me vuelve a poner las manos encima, y su contacto hace contraste para que surjan más sensaciones que, inconscientemente, me doy cuenta de que me abstengo de sentir. De la nada surgió el entumecimiento, del entumecimiento surgieron las sensaciones que una vez, sin saberlo e ignorando siquiera cómo, entumecí.

—Te voy a hacer lo del otro día —dice.

Se embadurna las manos y, en un momento, noto la aceitosa presión moviéndose sobre mi pecho. Mis ojos se cierran y mi cara se tensa en una mueca mientras sus manos recorren mi torso haciendo círculos.

—¿Qué sientes? —me pregunta.

Dudo un momento; pero sí, es eso.

—Asco, siento asco —digo.

Me sorprende. Siento verdadero asco. Mi pecho es un amasijo de sensaciones repulsivas, angustiosas y desagradables. Lo que antes era un hueco en el espacio de mis percepciones cinestésicas, ahora está lleno de algo putrefacto y asqueroso. Hago un esfuerzo por permanecer ahí y sentirlo en lugar de abstraerme por enésima vez a una fantasía todavía más intensa. Joder, qué puto asco. Pero por lo menos siento algo.

Siento los hombros retorcidos media vuelta. No es solamente la articulación, sino todo el bloque de carne entre el hombro y la columna vertebral. Todo eso está retorcido. Noto como si la columna vertebral hiciera un tirabuzón en las vértebras torácicas. Supongo que es anatómicamente imposible, pero lo siento así, y es entre horrible y asqueroso, repulsivo y absurdo. Si fuera un caballo me remataría, pero soy humano y, después de más de tres años largos de trabajar en mi recuperación, voy a ir hasta el final. La verdad es que estoy aprendiendo a quererme y, a estas alturas, me quiero mucho.

Hoy estaba de nuevo tumbado sobre la camilla, con sus manos sobre mi pecho. Podía sentir más. Había más de mí en mí. Y ya no era asco, era otra cosa; todavía desagradable, pero otra cosa. Los huecos en mis percepciones cinestésicas se van llenando, y cada vez puedo sentir más. Después de más de tres años y medio, todavía me queda horror que sentir, pero sigo avanzando, y cada vez queda menos. Cuando pienso en cómo pude vivir 25 años con todo ese daño dentro… me sigo asombrando.

Cada vez queda menos.

2 Comments

    1. Claro que es la columna. ¿Has leído todo lo anterior? ¿Tan mal me he explicado?

      En cuanto al nervio, ¿te refieres al ciático? Tuve dolores ciáticos fuertes, especialmente al principio, pero ojalá eso hubiera sido todo.

      Gracias por tu comentario, Sergio Paulo.

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