El Big Crunch (XXX)

En Abril de 2017 llevaba, desde principios de año, acudiendo semanalmente a la osteópata y a mi profesora de PNL, y estaba contento de haber encontrado dos profesionales que me guiaran y asistieran adecuadamente en la fase final del Uncrunching, el proceso que consistía en destorcer huesos, músculos y articulaciones, volviendo a meterlo todo en su sitio recomponiendo mi cuerpo y mi mente. Avanzaba y progresaba, aunque a menudo hubiera querido que el proceso hubiera sido mucho más rápido. Tenía unas ganas tremendas de estar bien, pero por entonces seguía encontrando descalabros. Me daba cuenta de que todavía me estaba creyendo lo que me ocurría, más de tres años y medio después de descubrir el pastel y empezar la recuperación.

Además de eso, iba dos veces por semana al centro especializado en la columna vertebral para hacer mis ejercicios de rehabilitación. Cada dos meses, aproximadamente, tenía lo que llamaban «sesión de control». Entraba a la sala de las máquinas especiales y pasaba por las de flexión y torsión de cuello. Allí lo daba todo y entonces observaban los progresos de mi recuperación en vistosas gráficas a colores. A mí me gustaba trabajar con aquellas máquinas específicas.

Me senté y recliné la espalda contra el asiento. El doctor me ajustó el cinturón y giró una rueda dándole muchas vueltas muy rápidamente. Las dos partes acolchadas de una gran mordaza me apretaron el cráneo suavemente. Me preguntó cómo estaba.

—Un poco revuelto —respondí–, con muchas ganas de llorar.

Yo soy un tipo duro. Siempre lo he sido. Más duro que las piedras. Yo no lloraba por nada. Se me hacía difícil recordar la última vez en que había llorado… hasta que empecé con todo esto.

Primero fue tímidamente, como con un gran esfuerzo, en grandes explosiones. Luego, poco a poco, ese grifo se fue aflojando. Cada vez me costaba menos. A menudo quería llorar y no podía, no lo conseguía. Llorar me aliviaba enormemente. Durante el Uncrunching, me había dado cuenta del patrón.

—¿Qué te ocurre? —me preguntó.

—Bueno —dije—, forma parte del proceso. Me he dado cuenta de que, a medida que me recupero, hay un patrón que se repite. Primero encuentro mucha tensión, los músculos tensos, tan tensos que están como piedras. El músculo se encuentra petrificado y me siento entumecido. Entonces consigo llorar y alivio esta tensión. Al aliviar la tensión, una parte del músculo se relaja y se ablanda, lo que me da más sensibilidad, y esa sensibilidad extra me permite acceder a una nueva capa de tensión, y entonces el ciclo empieza de nuevo, yendo cada vez más profundo.

El hombre se quedó un momento mirando el tendido.

—Nunca nadie me lo había descrito con tanta precisión —dijo.

Le di las gracias por apreciarlo.

Yo empezaba a estar ya un poco hasta el gorro de esto. Iba con mi padre a comprar al Carrefour y caminaba entre los pasillos buscando los flanes a punto de echarme a llorar. Si alguien me trataba con especial amabilidad, las lágrimas me brotarían en los ojos. Cogía la caja de cereales y caminaba de vuelta al carro con la sensación de ponerme a llorar a la altura de los quesos frescos. Era una mierda. Romper a llorar allí en medio me hubiera sumido en una vergüenza supina. Incluso así, con el tiempo y la práctica, aprendí a tomármelo con filosofía.

De vez en cuando conseguía echarme a llorar. A menudo me servía una bronca con mi padre. Tal vez discutíamos porque había puesto el plato en el lugar equivocado en el lavaplatos, tal vez se me olvidó rellenar la jarra de agua, tal vez había tirado las cajas de cartón al echar las botellas de vidrio a reciclar. De repente me encontraba gritándole a mi padre por las cosas más increíblemente estúpidas y después me echaba a llorar al darme cuenta de lo que estaba haciendo. Había una furia en mi interior que quería coger cosas y estrellarlas contra la pared y reventarlas en mil pedazos, y yo me preguntaba de dónde salía aquello y a qué se debía y qué podía hacer de creativo y pacífico con ello. En cualquier caso, llorar me aliviaba, y era una puerta a niveles más profundos de daño y dolor. Encontrar, sanar, aclarar y vuelta a empezar. El ciclo se repetía una y otra vez como eje del proceso de curación.

Mi sobrino Coquito había empezado el colegio. No sabría decir si tenía dos o tres años y medio por entonces. Debían de ser tres, porque ya andaba y hacía por su cuenta más cosas de las que nos hubiera gustado. El caso es que iba al Liceo Francés cada día y allí tenía sus amigos y sus aprendizajes y sus quehaceres. Los miércoles salía antes y, a veces, yo conducía a mi hermana hasta el colegio y la acompañaba hasta la clase para recoger a mi sobrino.

Todo esto era un reto extremo para mí, salvo tal vez la parte de conducir. Conducir era una de las pocas cosas que me resultaba agradable hacer. Tan sólo tenía que mover las manos y los pies. Luego venía la parte de entrar en el colegio, con mi carné de tío molón que viene a recoger a su sobrino, y la parte de entrar por los pasillos infestados de criaturas del demonio que corrían y gritaban y se empujaban y se arremolinaban, y la parte de esperar a la puerta de la clase con el resto de padres mientras la mera presencia de los mismos me recordaba el brutal dolor y el profundo malestar que llevaba años desenterrando y me daba unas enormes ganas de echarme a llorar, pero yo ya sabía cómo cerrar el grifo. Me verían la cara de estar a punto de ponerme a hacer pucheros, pero podía gestionarme aquello; hasta me estaba acostumbrando. A cambio, podía mirar por el ventanuco en la puerta de la clase y ver a mi sobrino allí sentado escuchando las explicaciones de la profesora.

De norma, mi sobrino no quería ni verme al salir de clase. Literalmente. En cuanto me veía se tapaba los ojos con el brazo y corría hacia su madre. Yo me lo tomaba a risa, qué iba a hacer. Eran excentricidades del chiquillo, y yo apreciaba la libertad con la que hacía cosas como esas. A menudo yo no quería ni ver a mi padre y tenía que comportarme como un adulto y camuflar aquella voluntad. Mi sobrino lo hacía con toda naturalidad, y yo lo tomaba como la lección de un maestro. Mi hermana lo cogía de la mano y entonces comenzaba el camino de vuelta, entre filas de niños y niñas gritando y berreando en mis pobres oídos, haciendo reverberar el dolor en mi interior con sus chillidos de delfín. Imagina lo mucho que quiero a mi sobrino como para pasar por todo aquello. A cambio de someterme a aquel infierno, obtenía un poco de vida social cotidiana en lugar de quedarme tumbado sobre el suelo estirando de mi cabeza y balanceándome como una mecedora mientras veía la tele.

Así, cuando mi hermana me dijo que se encontraba muy mal y me pidió que fuera solo a recoger al chaval del colegio, tuve más que dudas.

Coquito había traído a casa su enésima plaga. Había perdido ya la cuenta de las veces en que había pasado una semana dolorido y tosiendo y moqueando por algún virus o similar que el chico había traído del colegio. Mi hermana llevaba varios días tocada, pero yo tampoco le iba a la zaga. En cualquier caso, dejando al margen Big Crunches y procesos relacionados, yo debía de estar en una fase más amable de la última enfermedad infantil de moda, así que pocas excusas me quedaban para no ir a recoger a mi sobrino. Hice de tripas corazón, cogí mi carné de tío molón y me dirigí al colegio para cumplir con mi misión.

Llegué, encontré un lejano lugar para aparcar en aquel maremagnum de coches que se organizaba diariamente con motivo de la salida escolar y me encaminé hasta la valla de entrada, donde mostré mi carné de tío molón con licencia para recoger sobrino a la puerta. Anduve por los pasillos hasta llegar a la clase de Coquito y me planté allí a la espera de que la profesora tuviera a bien soltarlos. Esquivando las miradas de padres varios, amenazando con iniciar una conversación, tuve que saludar a una madre que conocía a través de mi hermana. Le expliqué que era un hombre en una misión.

Después de cinco o diez interminables minutos, mi sobrino salió, se tapó los ojos, se topó con la pared, se recompuso y me preguntó dónde estaba su madre. Le expliqué vagamente que su mamá estaba mala y que yo era su salvoconducto afuera de aquel lugar y que debía confiar en mí. Le cogí de la mano y se soltó. Echó a correr por los pasillos. Renqueé tras él hasta el exterior.

Cuando salí al sol, Coquito ya se había encaramado a un columpio. Mis llamadas al orden fueron en vano. Para colmo de males, se juntó con otro chiquillo y se fue tan lejos que apenas le podía ver. Afortunadamente, la madre del otro zagal salió también a la luz y se las orquestó para dirigir a aquel breve rebaño de dos en dirección a la salida. Yo iba de culo tratando de orientarme en la situación. Finalmente, salimos más allá de la valla al exterior del colegio. La madre pastora se despidió, y allí quedé yo con mi sobrino con el modo rebelde a máxima potencia. Se tiró al suelo y comenzó a jugar con piedrecitas.

Le dije que tendríamos que ir hasta el coche, el cual estaba, grosso modo, a tomar por culo. Pareció que mis indicaciones le entraron por un oído y le salieron por el otro. Traté de cogerle pero se zafó con un berrido, dejándose caer sobre el suelo con todo su peso. Miré de reojo al guarda de seguridad frente a la puerta y entonces lo vi.

Me vi a mí mismo cogiendo a mi sobrino, levantándolo en todo mi dolor Bigcrunchaniano y llevándomelo al hombro mientras éste berreaba y bramaba con todas sus fuerzas. El guarda de seguridad me conminaba a depositarlo de nuevo en el suelo. Yo renqueaba en dirección a los autobuses y el guarda me perseguía y me partía el lomo a porrazos. Eso era lo que me faltaba. De un lado mi sobrino encabronado, del otro un episodio de telediario. Me quedé allí bloqueado sin saber qué hacer.

Afortunadamente para mí, la madre pastora debió de haber presenciado el sainete desde la distancia, y se acercó salvadora portando en su mano derecha un pequeño brick de batido de cacao. Se agachó como ángel enviado desde las alturas y negoció hábilmente con Coquito, explicándole que le daría el batido de chocolate si accedía a caminar conmigo hasta el coche. El Coqui, después de un breve momento de deliberación interior, accedió contundentemente enchufándose la pajita y sorbiendo con brío el noble elemento hasta que, un minuto después, el conjunto empezó a emitir el burbujeo que indicaba que eso era todo lo que había, momento en que pidió otro brick de batido, momento en el que le dije que los cojones y que le tocaba empezar a andar.

Anduvimos frente a la hilera de autobuses mientras se entretenía con las papeleras, los alcorques de los árboles, los autobuses, los niños, las musarañas y todas esas cosas con las que se entretienen los chiquillos, mientras yo temía que se doblara un tobillo, que cogiera una mierda de la papelera, que se echara al asfalto y lo atropellara un coche, que alguien no le viera y tropezara con él, que un autobús le pasara por encima. Cuando llegamos al coche yo estaba destrozado. Me quedó montarlo en la sillita, ajustarle el cinturón y llevarle a casa. Por entonces estaba para meterme en la cama.

De vuelta en casa, todavía boqueando por la experiencia, le expliqué a mi hermana el evento de principio a fin. Mi hermana le dijo que se tenía que acabar eso de no querer ver al «tontón», que así es como llaman los críos al tío en Francia. Me tumbé de nuevo en el suelo y me estiré de la cabeza mientras veía un nuevo episodio de Pesca Radical. Su puta madre.

Días más tarde, mi hermana me anunció que había estado hablando con Coquito acerca del asunto de la recogida del tontón. Con gracia y salero, anunció:

—Me ha dicho que, la próxima vez que vayas a recogerle, te recibirá con la boquita contenta.

Recordé de nuevo el episodio y quise enfadarme otra vez, pero… la boquita contenta. Qué condenado.

5 Comments

  1. Son pequeños tiranos los nanos, pero se les quiere. Maestros en muchas artes, con un don para el descaro y la manipulación envidiables, pero sobre todo, una sinceridad atroz.

    Mi pequeño infierno personal fue por causes diferentes a las tuyas. A mí nadie intentó partirme la crisma, pero anduve unos añitos más perdido que un pulpo en un garaje y hecho un escombro, con más dependencia del núcleo familiar de la que era de esperar para mis añitos. Todo esto es un eufemismo para decir que estaba tan jodido con mi propia mierda que me importaba bastante poco no poder mantenerme por mí mismo y que, de no ser por mi familia y mi entorno, habría sido un indigente.

    Lo bueno de esta situación fue que me acercó mucho a mi sobrina, con la que prácticamente compartía techo en el cuartel familiar.

    Me ha venido a la mente cuando a la enana le dio por castigarme sistemáticamente. Estábamos en el parque y disfrutaba jugando a castigarme “tú aquí sentado” y se piraba a jugar disfrutando de la libertad que acababa de quitarme… Harto de “jugar a ser castigado” me ví negociando con una cosita de tres años que a duras penas tenía vocabulario para expresar deseos básicos. “No, me da igual lo que me digas, no voy a quedarme aquí sentado más tiempo, ¡ya está bien!”
    “Tú aquí de pie quieto”. Fue su respuesta. Tuve que capitular y ceder una vez más a su deseo, aunque sólo fuera por admiración a su capacidad de reformulación y adaptación.

    En otra ocasión, otro nano del entorno familiar, a sus dos añitos escasos, trataba de convencerme para que, por enésima vez, cediese a su deseo de sacar juguetes del armario que luego ignoraría y yo tendría que vover a ordenar.
    “No, no siempre puedes conseguir lo que quieres; yo quiero un coche que vuele y nadie me lo da” -fue la primera idiotez que se me ocurrió como ejemplo para intentar hacerle entender que no siempre podía conseguir lo que deseaba-.
    Ni corto ni perezoso, se metió la mano al bolsillo, la sacó vacío y me dijo riéndose “toma, un coche que vuela”

    Cuando eres un escombro humano, los niños lo huelen a la legua. Imagino que para Coquito tuvo que ser duro aceptar que aunque podía controlarte, no estaba bien hacerlo.

    Lo de taparse los ojos para no verte… Ufff, tenías que dar muy mal fario durante tu proceso de descrunchamiento. Destilar dolor todos los días es muy malo para el Chi de cualquier hogar, y las auras cogen unos tonos de lo más oscuro.

    Todo muy coherente.

    Una muestra de entereza por parte de Coquito decidir recibirte “con la boquita contenta”. Tuvo que ser una negociación dura para tu hermana.

  2. Hola José Pedro. Gracias.

    Por tu comentario, veo que sabes de lo que hablas. Me hace preguntarme qué te ocurrió a ti. Pero sí, escombro humano. Más de una vez he pensado que, de no haber sido por mi familia habría terminado en la indigencia. Después de descartar el suicidio debe de estar entre las siguientes opciones disponibles. En fin, me alegro de que supieras encontrar el lado constructivo de las cosas y aprender a reconocer lo especialmente sutil.

    Efectivamente, los niños lo huelen a la legua, como cualquier otro estado. Su sensibilidad es sencillamente increíble. Daba muy mal fario, y para mi sobrino era más que evidente. Decidió recibirme con la boquita contenta, pero todavía estoy esperando a que lo haga. Todavía la cuesta hasta decir “hola”, pero yo lo comprendo.

    Un saludo y gracias de nuevo por tu generoso comentario.

  3. Por cierto, me ha ocurrido que, al dejar un comentario de varios párrafos, el botón de “Publicar comentario” desaparece, quedando fuera de la ventana virtual dedicada al espacio del comentario y su entorno. He tenido que subir un párrafo al anterior para que volviera a aparecer el borde superior del botón de publicación y poder clickarlo. ¿Le ha ocurrido a alguien más?

    1. A mí… Me dejó bastante desconcertado y copipasteé mi comentario un par de veces hasta que se me ocurrió usar el tab y aparecí fuera de la ventana de comentario, donde ya volvía a verse el botón.

Puedes dejar un comentario. Pulsa la tecla "Tab" si desapareciera el botón de publicar.