El Big Crunch (XXVIII)

«El alemán» me recomendó acudir a terapia Gestalt. Yo sabía poco de la terapia Gestalt. Sabía que se centraban, principalmente, en las emociones. Yo sabía poco de emociones. Sabía poco de sentir. Cuando me encontré, mi cuerpo estaba tan entumecido que apenas podía sentirlo. Tuve que rebuscar concienzudamente para encontrar mi cuerpo. Luego deseé no haberlo encontrado. Cuando empecé a penetrar el entumecimiento y descubrí que todo lo que había debajo era purito dolor, comprendí por qué el suicidio se me había presentado como una opción atractiva unos años antes. Enfrentarme a tanto rabioso dolor por mi propia cuenta y medios fue una locura. Entonces, después de casi tres años de trabajo, por fin el entumecimiento se había desvanecido, el dolor comenzaba a cejar y lo que quedaba eran varios kilos de carne brutalmente maltrecha, aplastada, retorcida y macerada. Yo no sabía qué hacer con todo aquello. Tal vez fuera el momento de recurrir a alguien más.

A lo largo de los 23 años que precedieron al descubrimiento del Big Crunch pasé por media docena de médicos y me sometí a otras tantas pruebas. Cuando terminé todo aquello, el gremio médico me pareció la incompetencia personificada. No quería saber nada de ellos; lo haría todo por mi cuenta y riesgo. Aprendería lo que necesitara saber y haría yo mis propias averiguaciones e investigaciones e incurriría en mis propios riesgos.

Me llevó mucho tiempo volver a confiar en un médico, y cuando por fin me atreví a hacerlo de nuevo di con un traumatólogo que me pareció que carecía del tiempo, de la atención, de la empatía y de la delicadeza suficientes como para curarme, aunque terminó haciendo algo útil de la misma manera en que el pan duro da de comer al hambriento. También me costó volver a confiar en otro médico cuando recurrí a «el alemán». Pero por entonces, una vez abierto el tarro de la confianza, al menos aflojada la tapa, estaba dispuesto a volver a confiar en un profesional con la esperanza de poder acelerar mi recuperación.

Desgraciadamente, este siguiente paso tuvo un extra de dificultad: el herrero tenía que comprarse un cuchillo.

Pasé unos tres o cuatro años dedicándome a la terapia. Habiendo terminado de aprender PNL, espoleado por el beneficio que yo mismo estaba obteniendo en mi propia vida y por las ganas de compartir esos conocimientos con otras personas y hacer algo de bien y sentirme útil, monté mi propia consulta y empecé a practicar mi propia mezcla de PNL e hipnosis. Me fue bastante bien, aunque pronto me di cuenta de que, llegado el momento de prosperar y dar los pasos necesarios para ello, algo en mi interior me detenía. Poco después descubrí el Big Crunch y, cuando el dolor se tornó en insoportable, se me hizo obvio que, antes de poder ocuparme de otras personas, tendría que ocuparme de mí.

Ahora, cuando un par de años después tuve que ponerme en manos de un psicólogo, se me encogió el píloro. Incluso así, vencí mis resistencias y pedí cita y fui a una sesión. Tenía tantas ganas de estar mejor que incluso fui a una segunda sesión. Fue entonces cuando me di cuenta de que el Big Crunch era tan profundo y tan doloroso que iba a necesitar a alguien que me inspirara más confianza todavía, y con quien me fuera a sentir más a gusto y a dejarme manipular con más facilidad: mi profesora de PNL.

A lo largo de este proceso no solamente fui aprendiendo a pedir ayuda y a aceptarla, lo cual ya fue un gran hito para mí, sino que fui aprendiendo a discernir lo que necesitaba exactamente y a encontrar los profesionales adecuados para dármelo, probando, descartando lo que no funcionaba y quedándome con lo que sí.

Por entonces mi padre me presionaba para que encontrara un trabajo. Eso le preocupaba enormemente, y cada poco me insistía para que enviara mi currículum e hiciera alguna entrevista. Yo, todavía saliendo de una agonía de dolor y descubriendo un universo de angustia en mi interior, de carne retorcida y macerada, aprendiendo a respirar en medio de todo eso, me resistía con las pocas fuerzas que tenía.

En 2008 volví de Alemania. En 1993 había empezado la carrera de ingeniería industrial. Con una plétora creciente de naúseas, mareos, angustia, ansiedad e insomnio, agonicé más cada uno de los nueve años que pasé entre aquellas paredes. Todavía no me creo que consiguiera terminar la carrera en aquellas condiciones. La entrada en el mercado laboral se convirtió en una prolongación y profundización de aquella agonía, y cuando en 2004 hice el petate y me marché a Alemania como último recurso para detener aquella pesadilla creciente, pronto me di cuenta de que este propósito fracasó. Levantarme cada mañana entre 2004 y 2008 fue todavía peor que en cualquier año anterior. En 2008, cuando decidí dejarlo todo y volver, y cuando durante ese verano decidí descartar suicidarme, me prometí a mí mismo que dedicaría mi vida a encontrar lo que me ocurría y a ponerle fin, me llevara el tiempo que me llevara. A finales de 2016 ya había encontrado lo que me ocurría, pero todavía estaba trabajando en ponerle fin, así que no había terminado. Y si no había terminado, entonces todavía estaba dedicándome a eso, y si me estaba dedicando a eso, veinticuatro horas al día, siete días a la semana, entonces no había lugar para otro trabajo; ese era mi trabajo. Y todavía antes que eso, me lo había prometido a mí mismo.

Pero yo no podía elaborarle el párrafo anterior a mi padre. Me costaba respirar. Apenas podía hablar. Mi garganta era una bola de angustia y retorcimiento inconsciente. Se trataba, para empezar, de una limitación mecánica. Así, mi padre comenzaba a hablar acerca de que tenía que encontrar un trabajo y a mí se me hacía imposible abrir la boca. Estaba enmudecido. No sabía explicarlo entonces, ni siquiera tomándome el tiempo necesario como para expresarlo por escrito. De esta manera, cuando mi padre me dijo que tenía que conseguir un trabajo por la centésima vez, tuve que mover el culo antes de echarme a llorar.

Redacté el currículum. Algo llamaba mucho la atención. El ingeniero industrial se había puesto a estudiar Programación Neuro-Lingüística e Hipnosis. Luego había estado haciendo terapia y enseñando hipnosis ericksoniana. Era difícil no ver eso. El elefante azul saltó en la primera entrevista, y cuando la entrevistadora me preguntó al otro lado del teléfono si podía explicárselo, le dije con naturalidad:

—Sí, claro que puedo.

Me debió de llevar unos veinte minutos contarle el Big Crunch. Por entonces estaba empezando a contarlo y todavía no tenía una versión integrada, una versión reducida. Verá usted: volví de Alemania y aprendí programación de esa y me hice una regresión hipnótica auto-inducida sentado sobre una silla del comedor y estaba de vuelta en el colegio en 1990 y el chico este me cogió así y así y me desintegró como ser humano y desde entonces voy arrastrando mis deshechos por el mundo, aunque ya me estoy recuperando.

—Esa es… —dijo la mujer lentamente al otro lado del teléfono cuando terminé— …una historia impactante.

Sí que lo era.

—Es cierto, gracias por apreciarlo —le respondí.

Incluso así, la mujer me citó para una entrevista personal. En lo más profundo de mí, yo no quería aquel puesto. Me di cuenta enseguida de aquello, despuntando desde mi inconsciente. Yo sabía lo suficiente acerca de los seres humanos y de la mente. La parte brutalmente dolorida y agonizante de mí encontraría las maneras apropiadas para sabotear aquello. Luchando conmigo seguramente perdería. Me había prometido dedicación completa en mi recuperación y todavía estaba en ello. Cada día era todavía una agonía, y esa agonía sería doble si tenía que levantarme cada mañana y desplazarme veinte kilómetros para sentarme delante de un ordenador durante ocho horas a sufrir una mente dispersa e indomable, a doblegarla y a ponerla a resolver problemas que ni me iban ni me venían, porque mi problema eran las vértebras y las articulaciones retorcidas y la angustia de la carne macerada durante 23 años y que seguía saliendo a mi consciencia. Yo tenía trabajo conmigo mismo, a tiempo completo, y no podía hacerme cargo de nada más. Pero yo no podía decirle todo esto a mi padre. Ni lo comprendía como lo comprendo ahora ni podía formularlo con la misma claridad ni podía, ni mucho menos, expresarlo con esta sencillez. Las frases de más de cinco palabras estaban limitadas a mis escritos.

Así, fui para allá. La entrevista duró hora y media. Me desenvolví bien. Tenía mucho que ofrecer a aquella empresa, pero no en aquellas condiciones. Una semana más tarde la mujer me contactó por email para decirme que habían encontrado a alguien más apropiado para el puesto. Me alegré por ellos y también me alegré por mí. Mi padre se llevó una decepción, pero haber conseguido aquel trabajo hubiera sido una decepción y una traición a mí mismo, así como un modo de joderme a mí mismo todavía más. Yo estaba aprendiendo a apreciarme, a valorarme y a respetarme. Estaba aprendiendo a amarme a mí mismo, y era precisamente el proceso contrario a ese.

8 Comments

  1. Sé que es difícil ver y entender desde fuera, pero para mí es lógico que cuando uno tiene tanto que resolver en uno mismo, cuando tiene que usar toda su concentración y energía, dividir esa eneergía que encima no sobra, en un trabajo es algo contraproducente por uno u otro lado, seguramente por los dos. Y al final es tirar piedras sobre el tejado de uno mismo y quizás lapidarse la vida profesional futura.

    He estado en un situación parecida a la tuya y cada vez que me preguntaban cómo iba mi búsqueda de trabajo (inexistente porque no la hacía) yo ponía cara de compungida y me preguntaba cómo hacerles entender lo que estaba haciendo sin que me miraran de loca. Al final decidí por la autoconfianza, por saber que hacía lo que tenía que hacer, puesto que lo otro ya lo había intentado, y simplmente mentir algo. Rollo, he mandado esto y lo otro. La crisis me ha ayudado a montar mis mentiras, mi carrera también. Aunque lo cierto es que, los pocos curriculums que envié, me llamaron en todos para entrevista y recuerdo también vivamente la sensación de “no quiero este trabajo” y las ganas de vomitar tras salir de una de ellas. Me quedó claro que mi momento no había llegado aún.

    Me dediqué, como tú, a resolver el entuerto, a lidiar con la incomprensión y preocupación a mi alrededor (que añadía una capa de dolor) y cuando sentí que el grueso estaba hecho y que ya estaba lista para saltar al ruedo de la vida, fui a machete cuando encontré el tipo de trabajo que me permitiría pasar a la segunda fase. Me cogieron.

    Así que, sé que suena loco para el que no ha pasado por esto, pero te entiendo mucho y aunque ya lo sabes, estás haciendo lo que tienes que hacer. Y es crear unos cimientos sobre los que trabajar.

    Todo llega.

    1. Pues muchas gracias por tu comentario y por tu comprensión.

      A lo largo de este proceso me he sentido muy a menudo frustrado por no haber podido encontrar comprensión en otras personas. Me llevó un tiempo darme cuenta de que la mayor parte de las personas no han pasado por algo así y no tienen las experiencias de referencia necesarias para poder ofrecerme la comprensión que buscaba. Al final llegué a buenos términos con eso. Cada persona puede dar unas cosas y otras cosas, y básicamente puede dar lo que tiene, y está bien. Tú tienes las experiencias y tienes la comprensión, y te doy las gracias por ello. Parte de lo que me ofreces es consuelo, y se siente de maravilla, así que te doy las gracias de verdad. Y sí, justamente son cimientos lo que estoy haciendo, y también te doy las gracias por apreciarlo.

      Gracias.

      1. Yo supongo que soy uno de aquellos que “no han pasado por algo parecido”.

        Me imagino que hubiese actuado como tu padre con lo de “Búscate un trabajo”.
        Me recuerda a la mítica frase de Forocoches “Apúntate al Gym” que le recomiendan a cada usuario que le deja la novia.

        Más que por el trabajo en sí, por el hecho que un trabajo adecuado quizá te podría ayudar a distraerte un poco del dolor, conocer a gente nueva, aprender cosas nuevas, etc.

        Es decir, ¿cuántas horas de calidad se pueden dedicar al día a tratar de resolver el dolor?
        Incluyo aquí visitas a los médicos/psicólogos/traumatólogos, pensar en nuevas cosas a probar, o el tiempo para la meditación o al yoga o gimnasio.

        ¿Y cuántas otras horas no te las pasarás mirando la tele o dándole vueltas al coco si un objetivo claro?

        Entiendo que estando en la situación que estás, es una putada que venga alguien a decirte lo que tienes que hacer. Pero quiero creer que todos esos comentarios que te hacían tenían buenas intenciones.

        No digo que este sea el caso pero muchas veces viene bien que alguien de afuera te pegue un toque y sea un poco mosca cojonera.

        Tienes una gran capacidad narrativa. Por ejemplo, has conseguido enganchar a unos cuantos con un relato que, “a priori”, debería de ser aburridísimo: las dolencias de una persona que no conozco. Pero tu forma de explicarlo, la pasión que le metes, las anécdotas y yo que sé, hace un todo que es buenísimo.

        Además se intuye que te gusta. ¿Existe la posibilidad de ganarse la vida dignamente escribiendo? Creo que es algo que haces realmente bien.

        1. Hola Jose. De entrada, gracias por tu comentario. Aprecio la intención positiva.

          Empleas el mismo argumento que utilizaba mi padre: el trabajo podía distraerme del dolor. Eso me lleva de nuevo a la idea de que todavía estoy aprendiendo a expresar el dolor que sentía. Puedo comprender que se salga de la imaginación de las personas que han pasado lejos de algo así. Dedicaré un momento ahora a aprender a expresar ese dolor ordenada, comprensible y eficazmente.

          A lo largo de los más de tres años y medio en los que sentí dolor, desde luego la combinación de palabras “sentí dolor”, incluso en la cercanía de “tres años y medio”, suena demasiado rápido. No sé tú, pero yo estoy muy acostumbrado a oír palabras y que signifiquen muy poco, y me refiero principalmente a la cantidad de palabras que me he dicho a lo largo de estos años. Cuando mi consciencia era un torrente de diálogo interno, más bien bronca interna, constante, las palabras dejaron de tener sentido; sólo oía el ruido constante. Pero me estoy yendo.

          Recuerdo levantarme cada mañana sintiendo que me partía en dos por la parte alta del pecho. No sé, ¿puedes sentir por un momento cómo se siente eso? Ahí entran los límites de la imaginación, que se basa en referencias previas. ¿Cuál ha sido el dolor más intenso que has sentido alguna vez? ¿Dónde lo sentiste? ¿Durante cuánto tiempo?

          Vi a mi madre morir de un cáncer de páncreas. Pasó su último mes consumida por el dolor. Yo conozco un dolor equivalente. Ella recibió morfina; yo tuve que apañarme con grandes cantidades de marihuana. Ella soportó ese dolor un mes; yo lo soporté tres años. Estoy comparando y me arriesgo a las consecuencias, pero lo hago para ilustrar que el dolor que sentía es equivalente al que siente un enfermo de cáncer terminal, con la diferencia de que yo no iba hacia la terminación por muerte sino hacia la terminación por curación. Con esto quiero decir que conozco muy bien el dolor, tan bien como para llegar a apreciar su intención positiva y lo que tiene de útil para mí, y también lo suficientemente bien como para haber decidido que ya he tenido suficiente para el resto de mi vida. El dolor es un poderoso motivador, y de ahí saqué motivación para hacer mil sesiones de yoga en tres años (ponlas una al lado de la otra) y suficiente motivación como para estar haciendo yoga durante el resto de mi vida. El dolor duele, y puede llegar a dolor de la hostia, más allá de la imaginación más salvaje. Puede llegar a doler tanto que la única manera de ser expresado es ser compartido.

          Dicho esto, reflexionar acerca de todo esto me proporcionó mucha comprensión. Ten en cuenta que tuve que llegar a comprender para qué era útil un dolor que me estaba partiendo en dos, y que me estuvo partiendo en dos durante los más de tres años que dediqué a hacer distinciones cada vez más precisas acerca de lo que estaba mal, y de dónde y cómo podía hacer algo útil, así que comprendo tu intención y te la agradezco. Me ha sido de utilidad y te doy las gracias.

          Te agradezco también los cumplidos. Te doy las gracias por tu perspectiva, pues me ayuda a darme cuenta de que tengo mucho mérito al hacer lo que hago. Yo estoy en el proceso de apreciarlo, así que te agradezco la ayuda.

          En cuanto a lo de ganarse la vida dignamente, pues te agradezco también que saques el tema, puesto que es algo que llevo ya algún tiempo considerando desde que empecé a terminar con el dolor y a pensar en mi futuro y cómo prosperar.

          En los momentos más difíciles he tenido el honor de contar con el apoyo de algunos lectores, que me han contactado por diversos medios y con los que he tenido el placer de dialogar, y uno de los temas ha sido el que mencionas. Uno de los lectores me habló de Patreon. Yo ignoraba que existiera algo así, y la verdad es que tiene buena pinta. Por expresarlo de una manera sencilla, viene a ser un servició de suscripción creativa que da una oportunidad de sostener económicamente el desarrollo de artistas.

          De momento me he registrado y lo estoy explorando. En Noviembre termino el hosting. Pago 150 euros al año por un servicio que me viene grande en varios órdenes de magnitud, en el sentido de que me ofrece mucho más de lo que utilizo. Además de eso, Patreon ofrece la infraestructura, así que de paso podría librarme de la parte de montar y mantener el/los blog/s, y dedicarme a crear que es lo que disfruto. La idea principal del asunto es que el servicio permite que la gente se pueda suscribir a lo que voy creando. El sistema se basa en una jerarquía de recompensas, un poco como los proyectos de Kickstarter pero, en vez de ser un pago único, es una suerte de suscripción. Por ejemplo, por un euro al mes puedes tener acceso a las columnas de ESDLV. La idea sería iniciar un diálogo con las personas que “consumen” lo que hago y encontrar un compromiso acerca de qué crear y a qué precio. Algo así podría funcionar, y me alegro y te agradezco que mencionaras el asunto.

          1. Lamento enormemente todo por lo que has pasado y te pido perdón por tomármelo tan a la ligera. He minusvalorado en mucho por lo que has pasado.
            Es muy difícil valorar qué puede o no puede hacer alguien si no ha pasado por algo parecido. En fin, deseo que estés recuperándote en la medida de lo posible. Ya nos contarás más sobre patreon. ¡Muchos ánimos!

            1. Gracias Jose, está bien.

              Te agradezco una vez más tus comentarios. La verdad es que tengo mucha suerte de que leáis lo que escribo y de que participéis mediante vuestros comentarios, y aprovecho para daros las gracias a todos.

              Gracias Jose.

  2. “La persona más importante de mi vida soy yo.” (Padre de Javier Malonda)

    Aplícate el cuento, Javier. Yo esa verdad que él te djjo hace muchos años, la aprendí demasiado tarde y lo he pagado carísimo, por cumplir las expectativas de un padre que me sacrificó para sobrevivir él. Te comprendo demasiado bien.

    Un fortísimo abrazo.

Puedes dejar un comentario. Pulsa la tecla "Tab" si desapareciera el botón de publicar.