El Big Crunch (XXVII)

Empecé a ir a «el alemán». Allí el personal me llamaba de usted. Se me hacía raro.

En una enorme habitación tenían unas máquinas extrañas. Se me antojaban máquinas de tortura. A mi dentista le habría encantado tenerlas.

La primera me permitía mover el cuello hacia adelante y hacia atrás, y solamente de esa manera. Un mecanismo me apretaba y fijaba el pecho, y otro reposaba sobre la parte de atrás de mi cabeza, con lo que eso me gustaba a mí, que algo me tocara la parte de atrás de la cabeza. Sentarme allí, de nuevo prisionero, inmovilizado y obligado a mover la cabeza hacia adelante, volvía a la primavera de 1990. De nuevo estaba en el patio del colegio jugando a futbito en pantalón corto. Mi corazón se aceleraba y empezaba a sudar y podía sentir el pánico surgir de lo más profundo de mí. El reposacabezas obligaba a mi cabeza a descender y luego tenía que subir yo empujando con la parte de atrás de la misma. Doce repeticiones tirando del músculo trapecio.

Me costó un huevo. Si en términos físicos la fuerza se mide en Newtons, en términos coloquiales tirando a vulgares se mide en huevos. Curiosamente, todo suele costar un huevo. Un huevo, en esos términos, viene a ser algo así como un Faradio, que la gente que entiende de estas cosas sabe que viene a ser la hostia de grande, también en términos coloquiales tirando a vulgares. Hice las doce repeticiones saltando entre 1990 y 2017; de ahí el mareo. Viajar en el tiempo provoca confusión. Eso no lo advierten las autoridades sanitarias.

Luego pasé a la siguiente máquina. Me senté y el médico hizo girar una rueda tal que subiera el periscopio de un submarino nazi en la segunda guerra mundial o reorientara el cañón de proa de una fragata que cruzara el Mediterráneo. Dos enormes mordazas acolchadas me aplastaron el cráneo por los laterales. Mi dentista hubiera podido coger el instrumento que hubiera querido de su bandeja de enseres y yo no hubiera podido hacer nada. El médico liberó el mecanismo que retenía el peso y mi cabeza giró hacia un lado.

Mi labor consistía en hacer doce repeticiones girando la cabeza hacia un lado y luego otras tantas hacia el otro lado. Igual que con la máquina anterior, se me hacía muy raro estar ejecutando un ejercicio tan específico. Era como si me hubieran dicho: «Mueve solamente este músculo» y, de entre todos los ochocientos músculos del ser que somos, hubiera podido hacerlo, discriminando con precisión entre toda esa masa muscular sin orden ni concierto. Me hice mis repeticiones. Cuando terminé estaba derrengado, pero extrañamente derrengado: tan sólo de esos músculos en particular entre el maremagnum muscular. «Krasse Sache», dicen en Alemania.

Luego me tumbé en una camilla y me pusieron hielo en esos músculos en particular, todo la mar de extraño para mí. Ahí estaba yo, tumbado en mi dolor y en mi malestar, con unos pocos músculos derrengados y exhaustos de hacer unos extraños ejercicios moviéndome de unas determinadas formas en particular. Luego, como pude, me fui a casa.

Estuve así durante un par de meses. Llegaba, me cambiaba, entraba en la sala de las máquinas de tortura, hacía lo mío, me tumbaba con una bolsa de hielo en el cogote, me cambiaba y me iba a casa. Podía darme cuenta de cómo estaba funcionando. Retorcido en los tres planos del espacio, moverme limitado en un único plano cada vez me servía de referencia para aprender a gestionar mi retorcimiento a la vez que tiraba de los músculos de las maneras apropiadas para que las cosas volvieran a su lugar, y por las cosas me refiero a las diferentes partes de mí. Mientras tanto, de vuelta en casa, cada día me hacía una sesión de yoga. Si podía hacer algo más por mi cuenta para recuperarme, voto a bríos que lo haría. Después de dos años y medio, estaba verdaderamente harto de estar jodido.

Así que, mientras pasa el verano de 2016 y me meto en máquinas singulares para viajar en el tiempo y recuperarme y estirar y ejercitar los músculos de maneras específicas, me permito regresar todavía atrás en el tiempo para considerar un tema importante que dejé aparcado en su momento: la ira.

La furia, la ira, la rabia… Yo no sé distinguir entre esas cosas. Lo meto todo en el mismo saco: mala leche, ganas de matar. Esto último es a menudo tan sólo una figura de expresión, que dicen en inglés. En aquella ocasión fue algo literal. Vayamos de vuelta al momento en que, en el interior de un trance auto-inducido, en plena regresión hipnótica de andar por casa, mi inconsciente tiene a bien levantar el secreto de sumario llevado a cabo durante 23 años y me comunica, en todo su esplendor y detalles, nada menos que el Big Crunch. Por primera vez en 23 años de pasar por médicos y hacerme pruebas de diversa índole, de angustia y agonía y mareo e insomnio y paranoia continua y creciente, por primera vez en todo ese tiempo, por fin descubro la raíz de todos mis males: el Big Crunch.

Así que estoy en ese trance, de vuelta en 1990, siendo «cruncheado» por el abusón oficial del colegio. 23 años de náuseas, mareos, angustias, malestar, ganas de vomitar constantes, paranoia, insomnio, terror… se condensan en una gota de un líquido negruzco que refleja a un pobre diablo siendo doblado como uno de esos muñecos de goma de los 80. Las articulaciones y los huesos se doblan y se retuercen hasta sus límites naturales y mi campo de visión se divide en dos: a un lado veo mi entierro y al otro me veo en una silla de ruedas con una mantita a cuadros sobre las piernas mientras alguien me alimenta con una cuchara. Por primera vez en 23 años, con el impacto de una bomba nuclear en mi interior, percibo en toda su magnitud hipnótica el momento en que mi vida cambió para siempre.

Devastado, como Hiroshima y Nagasaki, todavía oyendo el estruendo de la onda expansiva avanzando en el espacio en todas direcciones y quemando el aire a razón de 330 metros por segundo, salgo del trance a medida que las imágenes se disipan a mi alrededor. Un momento después estoy de vuelta sentado sobre la silla. Es Enero de 2014 y estoy solo en el comedor, lleno de devastación, conmoción, entumecimiento y dolor inconsciente. De repente, 23 años de angustia, sufrimiento, locura, terror, agonía… tienen un responsable. Me siento furioso. Me siento más furioso de lo que me he sentido alguna vez antes. Me siento loco de furia. Una emoción asesina me desborda.

Me levanto y camino dando vueltas por la casa. Sé quién me hizo esto. Sé quién me envió a un infierno de 23 años de agonía. No sé dónde vive, pero podría averiguarlo. Mi mente empieza a construir una enorme película en la que me sumerjo de inmediato.

Veo la secuencia como si estuviera ocurriendo. Voy a la cocina, cojo ese cuchillo de 25 centímetros que cuelga del imán de la pared. Es invierno, llevo ropa larga, lo escondo con facilidad. Pero tengo que averiguar dónde vive. Tal vez está casado, y tiene hijos. Tal vez podría matar a sus hijos, o a su mujer. ¿Qué haría justicia exactamente?

No quiero matarle; quiero infligirle un dolor que le dure 23 años. No quiero que sea rápido, quiero que sea equivalente. Quiero que dure tanto tiempo como me duró a mí. Quiero que conozca el infierno. Debe de tener mi misma edad, tal vez un par de años más. Me pregunto si la agonía le durará hasta la muerte. Veo nítidamente cómo ocurrirá todo.

Me presentaré en su casa, entraré. «Hola, ¿te acuerdas de mí?». Entonces sacaré el cuchillo y le asestaré 23 cuchilladas en el abdomen, una por cada año de agonía que pasé. No morirá, pero entrará en el infierno como hice yo. Tal vez no vuelva a cagar igual durante el resto de su vida. Eso si sobrevive al desangramiento. Por mi mente circulan diferentes opciones, valorando la cantidad de dolor y sufrimiento que me correspondería infligir para lograr justicia, para mostrarle lo que hizo, para enseñarle acerca de lo que son 23 años de infierno. Considero matar o herir a su mujer o a sus hijos. No; se lo tiene que llevar él.

Durante unos veinte minutos doy vueltas por la casa, furibundo, completamente fuera de mí, presa de una emoción desbordante. La película corre en mi mente una y otra vez con diferentes variaciones. De algún modo es importante encontrar la equivalencia, devolverle exactamente lo que me dio: 23 años de infierno, 23 años de inseguridad, de tensión, de estrés, de temer por mi vida. 23 años sin poder descansar por las noches. 23 años de terror. 23 años de miseria, más el plus por haberse llevado mi juventud. Mi cerebro hace cálculos sumando peras y manzanas, añadiendo mangos y ajustando con yogures; buscando la manera más justa y medida de causarle 23 años de sufrimiento, encontrando la manera de convertir su propio cuerpo en una jaula de tortura portátil.

La ira me ciega. No sabía que me podía sentir así. Ni siquiera sabía lo que me estaba sucediendo. Solamente caminaba resoplando arriba y abajo por el pasillo, maquinando y midiendo, mi mente accediendo a recursos internos que ni siquiera sabía que tenía. Planificando con una decisión desconocida para mí.

Veinte minutos después, empecé a calmarme. Empecé a pensar en mí. ¿Dónde me estaba metiendo si hacía algo así? ¿Qué me ocurriría a mí después? ¿De verdad estaba dispuesto a dedicar así el resto de lo que me quedara de vida?

Me vi en la cárcel. Me vi que la venganza me salía rana. Me vi saliendo herido de mi propia vendetta.

GonzoTBA. TBA: The Blue Avenger. El vengador azul. Esa pieza central de mi identidad inconsciente, esa parte enorme y profundamente herida de mí que se había ido apoderando de mi vida a lo largo de los últimos 23 años, se reveló por fin ante mí. Si renunciaba a mi venganza, ¿en quién me convertiría?

Me calmé un poco más. Me senté. Empecé a pensar. Empecé a rebajar la intensidad de esa emoción vengativa abrumadora.

Llevaba ya años meditando. El rollito zen estaba empezando a calar en mí. Tal vez podía hacer un favor al mundo renunciando a mi venganza. Tal vez podía convertirme en un ejemplo de perdón, de comprensión, de consciencia. Dentro de mí confluyeron dos fuerzas realmente poderosas: una que había macerado en mi interior a lo largo de 23 años y una que apenas había nacido unos pocos años antes, pero que representaba un gran número de virtudes humanas. Me calmé un poco más. Encontré una salida digna a aquella renuncia, un sentimiento elevado de comprensión profunda. Todavía furioso, me calmé un poco más. Apoyé la espalda sobre el respaldo.

Quería llorar, pero no sabía ni por dónde empezar. Llevaba 23 años haciendo justo lo contrario, apretando los dientes y los músculos de todo el cuerpo para contener, en una gigantesca mueca, un dolor brutal que amenazaba con devastarme desde lo más profundo de mi insconsciencia. Tomé una inspiración profunda y me calmé un poco más.

Miré hacia adelante. Atrás quedaban 23 años de angustia, de terror, de agonía infernal… por delante se abrían inciertos años de trabajo. Me pregunté qué tendría que hacer para recuperarme de aquello, si es que era posible.

Cerré los ojos y tomé una inspiración profunda.

4 Comments

    1. Gracias Pablo. ¿Desde que publico en Internet? Vaya, eso es mucho decir. La verdad es que me quedé muy satisfecho tras terminarla. Me alegro de que la hayas apreciado. ¡Un saludo!

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