Meditación (I de II)

En la última entrada que escribí, El Big Crunch (XXVI), Jose me hacía algunas preguntas en los comentarios acerca de la meditación. El propósito de esta entrada es responder esas preguntas, contar cómo llegué a interesarme por la meditación, cuál es el valor que en ella encontré y explicar por qué me encanta meditar. Comencemos.

En 2010 yo tenía 34 años. Hacía un par de años que había regresado de Alemania. Lo había dejado todo y había vuelto. Tenía toda una vida empezada allí: un trabajo, unos amigos, una novia… Ciertamente todo me iba muy bien allí, salvo por el hecho de que vivía mi vida como una auténtica pesadilla. Poco a poco esto se fue haciendo cada vez más insoportable hasta el punto en que el siguiente paso natural fue dejarlo todo, detenerme y reconsiderar mi vida desde los cimientos. Para eso decidí dejarlo todo y regresar a España.

Después de descartar el suicidio y haber tomado la decisión de emplear el resto de mi vida, si fuera necesario, en encontrar lo que me ocurría y ponerle solución, había empezado a aprender formalmente Programación Neuro-Lingüística.

Conocí a una chica y empecé a salir con ella. Estaba metida en el Budismo, por decirlo de algún modo, y practicaba meditación de manera regular. Una tarde me propuso que meditáramos juntos. A regañadientes, acepté.

Nos sentamos a oscuras en una habitación. Estuvimos allí en silencio durante diez minutos. Fueron los diez minutos más largos y más aburridos de mi vida.

Incluso así, de vuelta en casa, me senté de nuevo en una silla en silencio y con los ojos cerrados. Había algo en aquella experiencia que me resultaba atractivo, una especie de reto. Me senté y cerré los ojos.

Debí de durar unos treinta segundos. Transcurrido ese tiempo me levanté de un salto y me puse a hacer otras cosas. Fue una experiencia horrible, pero me sirvió para darme cuenta de algunas cosas importantes.

Me resultaba imposible estarme quieto. Detenerme un momento y relajarme era imposible para mí. No sabía qué ocurría, pero tenía que estar haciendo cosas continuamente. La experiencia de sentarme, detenerme y cerrar los ojos fue sencillamente horrible.

Sinceramente, se me quitaron las ganas de meditar. Tuvieron que transcurrir algunas semanas más antes de que me volviera a sentar en aquella silla. Esta vez presté un poco más de atención a lo que ocurría en mi interior.

Las imágenes y los sonidos en mi mente transcurrían a toda velocidad. Incluso se atropellaban entre sí. Mi mente era un auténtico caos. Me pregunté cómo podía vivir así.

Me tomé la meditación como un reto. Empecé a sentarme varias veces a la semana, tal vez un minuto o dos. Era una experiencia desagradable y extraña para mí. Poco a poco, me fui familiarizando con la misma. En unos meses me sentaba cada día durante algunos minutos. No sabía exactamente qué era, pero me hacía bien. Me alegraba de progresar en aquella curiosa práctica.

Fue perseverando en la meditación, aprendiendo a percibir mi respiración, su ritmo y su profundidad, cuando me di cuenta de lo que allí ocurría: no sentía mi cuerpo. Las pocas sensaciones que podía percibir se sentían distantes y apagadas. Eso me conmocionó, y fue el principio de una investigación que me llevó a descubrir el «Big Crunch» y a comenzar el «Uncrunching».

En 2014 empecé a meditar con la piernas cruzadas, primero sobre un sofá y después sobre el suelo. Por entonces todavía no hacía yoga, y estaba completamente rígido. Me costaba horrores sentarme con las piernas cruzadas. Además, sentarme sobre el suelo hacía mucho más patente el brutal estado de mi cuerpo. Al estar el suelo muy duro, hace de contraste y resalta las sensaciones físicas. Se me hacía muy difícil sentarme en aquella postura y mantenerla, pero como solamente conseguía meditar unos minutos era el suficiente poco tiempo como para soportarlo. Mirando hacia atrás, me doy cuenta de que me lo ponía especialmente difícil; pero estaba empezando y lo estaba haciendo por mi cuenta, así que tuve que aprender por mis propios medios a lo largo de los años.

Aunque lo hacía cada día durante unos minutos, seguía siendo una experiencia muy desagradable. Aunque algo más ordenada y calmada, mi mente seguía siendo un caos. Por otra parte, sentarme unos minutos al día me hacía darme cuenta del brutal vacío de entumecimiento que inundaba mi cuerpo, y de las dolorosas sensaciones que comenzaban a despuntar desde aquel vacío. Era verdaderamente desagradable, pero era también una de las pocas herramientas con las que contaba entonces para trabajar conmigo mismo, así que la utilizaba a diario, a menudo varias veces.

Cuando aprendí hipnosis Ericksoniana se me abrió una gran puerta. Me di cuenta de que podía utilizar técnicas hipnóticas para lograr rápidamente un profundo estado meditativo, así que me puse a experimentar. Con el paso de los meses fui refinando una técnica que me funcionaba muy bien y que se basaba en la llamada «inducción de Betty Erickson», y que consiste en ir a través de los diferentes canales perceptuales haciendo descripciones visuales, auditivas y cinestésicas, de elementos de la percepción actual. Con eso llegaba rápidamente a un profundo estado meditativo y luego sólo tenía que hacerlo todavía más profundo.

Para principios de 2016 meditaba todos los días unos veinte minutos, sentado sobre el suelo con las piernas cruzadas. Me encantaba hacerlo ahí. Me sentía mucho más conectado con todo lo demás, y la dureza del suelo ofrecía un contraste que me permitía sentir claramente mi cuerpo. Por entonces, prácticamente todo lo que podía sentir era dolor. Incluso en medio de todo aquel brutal dolor, yendo profundo en la meditación, podía encontrar una cierta tranquilidad y reposo que me servía para hacer relajación para todo el día.

Un día meditando, sin apenas darme cuenta, me cogí un pie y lo subí sobre la otra pierna. Me sorprendió. Hacía un par de años que apenas podía sentarme con las piernas cruzadas y por fin había llegado a hacerlo con tanta soltura que podía incluso subir un pie sobre una pierna. Todavía estaba muy lejos de hacer la postura del loto, pero había recorrido ya un largo camino desde la inflexibilidad más absoluta.

Para entonces me había dado cuenta de que el estado meditativo me permitía reflexionar con gran calidad acerca de cualquier tema de mi vida. En ese estado, mis pensamientos se hacían tan escasos y tan lentos que podía incluso elegir lo que iba a pensar a continuación. Se me hacía algo grandioso. Así, me sentaba, entraba en estado meditativo profundo y utilizaba ese estado para reflexionar acerca de cualquier aspecto de mi vida que me inquietara, haciéndome preguntas y escuchando las respuestas que me daba, o al menos haciendo el espacio suficiente como para escuchar mis silencios. Para obtener algunas respuestas necesité semanas.

Me di cuenta de algo que me sorprendió: tenía una relación conmigo mismo. Me di cuenta de que esa relación era tan profunda y tan rica como la que podía tener con otra persona. Había empero una diferencia clave: podía alejarme de cualquier persona, pero no podía alejarme de mí. Convivía conmigo durante las 24 horas de cada día, y siempre sería así. Lo que en un matrimonio sería un divorcio, en mí mismo sería un suicidio. Al darme cuenta de esto, comencé a enriquecer esta relación conmigo, a reconocerme y a aprender a amarme. Los principios realmente fueron duros.

 

# Continúa en la próxima entrada.

8 Comments

  1. Javier, siempre es difícil hablar de la meditación… es una de esas experiencias inefables que tienes en la vida. ¿Cómo explicar qué se siente cuando uno se está enamorando? ¿Cómo plasmar un sentimiento de duelo? Imagino que cada uno sentirá cosas muy diversas, pero si no lo has sentido tú mismo, por mucho que te lo expliquen te seguirá pareciendo tal vez una tontería, nunca alcanzarás a apreciar su verdadera dimensión…

    Yo llegué a la meditación hace unos diez años. Me operaron de una rodilla, la recuperación no fue buena y me bloqueé mentalmente: no podía comer. Tras un intento infructuoso de tomar antidepresivos y sentirme cada vez peor, una cosa llevó a la otra y acabé en meditación (una compañera mía siempre dice que la vida es un enorme puzle cósmico que siempre acaba encajando, y cada vez estoy más convencida de que tiene toda la razón).

    A mí lo de la meditación siempre me sonó a gente un poquito “rara” (los prejuicios, ¡ese mundo!) Cuando la psicóloga de la Seguridad Social tras hablar una hora conmigo me dijo que pensaba que por mi forma de ser hacer meditación me ayudaría, me pareció harto complicado que la cosa fuera a materializarse, pero la casualidad quiso que en el gimnasio a cuya piscina iba yo a hacer rehabilitación tuvieran la actividad de meditación los viernes por la tarde, cuando casi no había nadie en las salas. Yo pensé: “Bueno, pruebo, porque no pierdo nada, y además aquí no corro peligro de que me atrapen para ninguna secta” (Nótese mi ingenuidad)

    Cada día practicábamos una técnica distinta de meditación. No sé por qué, a mí me dio incluso por tomar notas en un cuaderno al final de cada sesión. El tercer día nos enseñó la técnica de tatrak para concentrarnos. Después de mirar la vela que tenía ante mí sin pestañear durante largo rato cerré los ojos. La huella visual de la luz en mi cerebro o lo que fuera… sólo sé que sentí vértigo, porque de pronto mi percepción de mi propia mente ya no era una especie de pantalla, sino que más bien era un espacio hueco, algo así como una cueva.

    Me di cuenta de que ahí dentro cabían muchas más cosas aparte de mis pensamientos pesimistas… yo misma estaba más atrás: yo no era únicamente esos pensamientos. Intuitivamente vas comprendiendo: si yo no soy esos pensamientos, si esos pensamientos pueden seguir su rumbo dentro de mi cabeza y yo simplemente los veo pasar, no estoy condenada a ser por siempre una persona pesimista y hundirme… todo pasará, y yo continuaré aquí, en mi cueva, en mi refugio… porque de pronto en tu cabeza no tienes a tu peor enemigo que te susurra que todo va a ir mal, que todo lo haces mal, que no hay solución. En tu cabeza tienes a alguien que te acoge y que te quiere y que te perdona los errores (del mismo modo que tú acoges, quieres y perdonas a las personas a las que estimas).

    Luego, con el tiempo y la práctica, puedes aprender muchas cosas de esa relación contigo mismo, hay días que las sensaciones son muy intensas, otros que no tanto, pero yo lo veo en perspectiva tan enriquecedor para mí…

    1. Qué interesante. Gracias por compartir. No sabía que hubiera diferentes maneras de meditar, aunque ahora que lo comentas en las clases de yoga a los que he asistido los dos últimos meses al final hacemos algo de meditación y a mí por ejemplo me ayuda mucho cuando hacemos mantras (que de todo es lo más para atrás echa al que tiene prejuicios como yo :P) y no tanto cuando nos fijamos sólo en la respiración. Lo de la vela parece una gran idea, ya que cuando observo el fuego me quedo como en trance. Seguiré explorando.

    2. Hola Victoria. Muchas gracias por compartir tu experiencia.

      Yo he estado llenísimo de prejuicios con respecto a todo esto durante muchos años. Lo bueno es que esa actitud se ha ido ablandando. Primero me empecé a dar cuenta de lo que era un prejuicio, de qué hacía cuando “pre-juiciaba” y cada vez me resulta más fácil tomarme las cosas como me vienen en lugar de tener que opinar acerca de ellas desde mi ignorancia más absoluta. Eso me hace fluir mucho más fácilmente con la vida, lo que considero que es una actitud muy saludable.

      Tengo una teoría acerca de que el dolor inconsciente es lo que nos lleva hasta la meditación, y algo común en el proceso son los pensamientos bi-dimensionales. Aparecen proyectados como en una pantalla y después la pantalla se acerca tanto que resulta oprimente. Parte del proceso de sanación consiste en recuperar la tri-dimensionalidad de la mente. En fin, pajas mentales mías, pero que me dan buen gustito.

      Coincido en ese descubrir de otra parte de mí mismo, una parte compasiva y comprensiva. Qué gusto y qué alegría encontrar todo eso dentro de mí y darme cuenta de que hay muchas posibilidades.

      Gracias por compartir.

  2. Gracias. Espero con ganas la parte 2.
    Me quedo con ganas de entender que haces en cuanto te sientas.
    ¿Pones la mente en blanco, diriges tus pensamientos, bloqueas otros o te dejas llevar?

    Y luego lanzo una idea al aire para quien le interese profundizar ¿Por que se suele asociar la meditación a culturas orientales / yoga cuando en nuestra sociedad judeo-cristiana se ha meditado toda la vida? ¿Nadie ha tratado de adaptar la meditación Cristiana al laicismo?

    Lo dicho gracias por tratar este tema tan interesante.

    1. No sé si te voy a contestar las dudas en el siguiente texto. Depende de cuál sea tu intención tras esas preguntas. Pero bueno, pronto saldremos de dudas.

      Supongo que algunas formas de rezo, o simplemente de reflexión, pueden considerarse meditaciones en sí mismas. Yo he tenido esa asociación de la que hablas, aunque he aprendido a flexibilizarla y a encontrar otras formas de meditación también en la cultura occidental. Aunque me he considerado ateo durante gran parte de mi vida, he encontrado muy buen consuelo en mis momentos más bajos en mi propio entendimiento de la religión. La desventaja de sacar este tema es que tiene muchas asociaciones que disparan emociones muy intensas muy rápidamente. Eso dificulta manejar la información en pequeñas piezas de una manera organizada. Pero bueno, todo es aprender y practicar.

      Un saludo!

      1. La intención de la pregunta es la simple curiosidad. Me parece interesante entender qué aporta la meditación “oriental” respecto a lo que ya existía en nuestra cultura. ¿Es una moda?

        No me interesa la parte religiosa. Lamentablemente no creo en un ser sobrenatural, perfecto y bondadoso. Y digo “lamentablemente” porque me gustaría creer en ese Ser. Creo que puede llegar a dar un cierto consuelo en determinados momentos, ser motivo de alegría o un aliciente para ser bueno con los demás, por ejemplo. Pero no puedo creer aunque lo desee.

        Esto último me lleva de nuevo a mi curiosidad inicial de ¿cómo se hace la meditación? Y, concretamente, ¿cómo se hace la meditación “laica”? Es más fácil entender la meditación que consiste en una conversación con Dios, dar gracias o pedir perdón. Supongo que la meditación en el mundo oriental difiere aunque comparte partes. Luego debe de existir la meditación puramente “laica”.

        Por eso me interesó tu punto de vista al leer que meditabas hasta una hora diaria. Si le puedes llegar a dedicar 1 hora, joder, algo bueno debe tener…

        1. No suelo meditar una hora cada día. Suelo meditar unos veinte minutos antes de irme a dormir. Me ayuda especialmente a prepararme para dormir, lo cual ha sido un reto para mí, en los últimos 23 años por la ansiedad creciente y en los últimos tres por el dolor. Así, cada noche, antes de irme a la cama, me siento unos veinte minutos. En algunas ocasiones he llegado a meditar una hora o más, aunque ya te digo que me suele bastar con veinte minutos y ese es el tiempo que suelo dedicar. Además de eso, últimamente me suelo sentar, sobre una silla, unos minutos por la mañana. Lo dedico a centrarme y a organizar las tareas que voy a llevar a cabo a lo largo del día.

          Con respecto a si se trata de una moda o no, sinceramente me da igual. Lo que sí que creo es que se está convirtiendo en una necesidad tal y como están las cosas, pero eso ya es una creencia mía.

          Yo he sido más bien ateo, aunque durante este proceso tuve la necesidad de reconsiderar mi lugar en el Universo y encontrar un propósito a mi vida, así que opté por considerar el Universo como un ser descomunal del que formo parte. Así es, grosso modo, como me lo monto yo. A partir de ahí, es un poco como cuando pienso en que formo parte de la humanidad. El bien o el mal que haga a otros me lo estoy haciendo a mí mismo. Ahí tendría que entrar un poco más profundo acerca de mis creencias acerca de los mecanismos por los que esto es así, pero básicamente se reduce a la máxima de “Lo que recibo es lo que doy”. Igual que lo anterior, creencias personales. Si uso estas es porque me funcionan mucho mejor que las anteriores.

          Yo hago la meditación guiándome a mí mismo. En el estado en el que estaba me resultaba sumamente difícil dejar mi mente a la suya, así que utilizo mi voz interior o mi voz exterior para guiarme a través de una serie de pasos que me conducen al estado meditativo, y desde ahí utilizo otros para profundizarlo. En un cierto punto, puedo prescindir ya de esa dirección pues estoy en calma, y puedo simplemente sentarme tranquilamente. Para mí, todo lo demás se sigue de estar en calma. Si estoy tranquilo estoy presente, si estoy tranquilo vuelvo a mi respiración una y otra vez… Supongo que se puede hacer de muchas maneras, pero yo lo hago de esta. Suelo ser muy pragmático y parto de lo que necesito y considero lo que tengo que hacer para satisfacer esa necesidad. El resto me resulta secundario.

          Y sí, es cierto, claro; si lo hago, y lo hago todos los días, es porque algo bueno tiene. Como decía Victoria en el comentario, es difícil explicar una experiencia. Las experiencias son para vivirlas, pero voy a hacer un pequeño resumen de lo que obtengo yo meditando:

          -Tranquilidad, calma, reposo, etc. Aprecio estas sensaciones gigantescamente después de 25 años sin vivir en mí.
          -Claridad mental. Joder, poder usar mi mente y mis recursos internos de maneras efectivas. Después de más de dos décadas sin poder pensar una recta, eso es algo sumamente valioso para mí.
          -Bienestar. Después de un rato meditando me siento en la gloria. Para sentirme así, en el pasado he tenido que fumar marihuana, o beber alcohol, o comprarme algo caro, o tener mucho sexo o algo similar a lo anterior. Me sigue sorprendiendo lo bien que puedo sentirme solamente de sentarme un rato en el suelo y calmarme.
          -Rica relación conmigo mismo. Un poco lo que cuenta Victoria. No solamente soy un cabrón hijoputa haciéndome la vida imposible, sino que también soy una persona sumamente compasiva, comprensiva, generosa, amable, desprendida, etc etc etc. Me sorprendió descubrir todo eso en su momento, y me sigue sorprendiendo muy agradablemente continuar profundizando en eso.
          -Aprecio por mi vida y por la vida en general: Mi empatía se ha disparado. Eso me lleva a comunicarme con otras personas de una manera muy directa y enriquecedora.
          -Paz. En general una profunda sensación de paz, de comprensión de la vida y de satisfacción básicamente por nada. Una absurda sensación de que puede venir lo que sea que está bien.

          No sé, por ponerte algunas cosas haciendo una lista rápida. Planeo seguir meditando durante el resto de mi vida, y seguir profundizando en estos descubrimientos. Para mí meditar es como cepillarme los dientes: una práctica saludable.

          Un saludo Jose y gracias por tu comentario.

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