El Big Crunch (XXVI)

Tumbado en el suelo, empujando la espalda contra la dura superficie, doy vueltas sobre mí mismo como un perro intentando morderse el rabo. Yo intento meter en su sitio la escápula derecha. Siento un dolor agudo brutal que me supera. Estoy llorando de pura desesperación. Después de más de dos años de recuperación, sigo con músculos y articulaciones brutalmente retorcidos. Ahora siento el dolor aplastado contra el suelo y me quema y lloro y aúllo. Me da miedo gritar tan alto que me oigan los vecinos. Pero me da igual. Grito de dolor.

Mi padre aparece. Me pregunta si tiene que llamar a una ambulancia. Dudo acerca de si está de broma o si lo dice en serio. Le hago gestos para que se aleje y me deje en paz. Se marcha.

Me retuerzo todavía más. Me cojo el hombro derecho. Doy vueltas sobre el suelo. Pataleo. Aúllo de dolor. Busco una escapatoria en vano para todo ese dolor. Lloro. Lloro con más intensidad de la que había llorado alguna vez antes. Los mocos se amontonan en mi nariz hasta que me impiden respirar. Cierro la boca, aspiro profundamente, sorbo y me los trago. Así puedo seguir llorando.

Después de unos quince o veinte minutos, consigo calmarme. Me quedo tumbado en el suelo, mirando el techo, todavía sintiendo el dolor punzante y palpitante pero descargado de tensión. Sorbo los mocos otra vez y me doy cuenta de que puedo respirar mejor. Si inspiro profundamente noto menos dolor en el pecho. Ya es diferente; antes sentía que respiraba contra pinchos y agujas y ahora eso se ha suavizado. Consigo tranquilizarme todavía un poco más.

Veinticinco años. De hecho, veintiseis años. La mayor parte de mi vida consciente. Incluso mi madre se murió ignorando qué me ocurría. Sólo de pensar en ello me encojo y podría empezar a llorar de nuevo, pero ya ha sido suficiente por hoy. Siento que tengo mucho más que llorar, pero incluso yo estoy asustado de encontrarme retorciéndome así en el suelo, clavando el hombro en tierra y retorciendo el brazo en un desesperado intento de hacer algo útil por mí mismo, de mover los huesos de la manera precisa. Esta tarde haré un poco de Yoga y me encontraré mejor. Llevo ya casi dos años de recuperación y el final sigue quedando tan lejos que intento atisbarlo en vano.

Pasan los días. Mi tía viene por casa. Sale el asunto del Big Crunch. Es para mí un enorme alivio poder hablar de ello, poder ponerle palabras, poder hacerlo servir de explicación a más de 25 años de agonía.

Mi tía explica que va a una clínica especializada en la columna vertebral. Acude un par de veces por semana y hace ejercicios. Incluso me enseña algunos estiramientos. Se refiere a todo esto como «el alemán». Me explica que la clínica está capitaneada por un doctor alemán, que es una eminencia y que funciona de maravilla. Yo recelo; todavía recuerdo mi última experiencia. Todavía estoy gestionándome la incompetencia del traumatólogo. Podría haberme hecho una puta resonancia del pecho, pero no; me despachó con «molestias residuales». Su puta madre molestias residuales. Se las daba a él para que reconsiderara las palabras, una a una.

A lo largo de las semanas, mi tía regresa a casa y habla del alemán. Ella estaba anquilosada y ahora puede andar de maravilla. Yo respiro contra mi pecho, una jaula de dolor portátil que me causa angustia en cada inspiración. Solamente pasar los días me resulta traumático.

Aproximadamente en verano de 2016 me decidí, finalmente, a visitar al alemán. Conseguí vencer mis recelos hacia los médicos en general e ir a probar, aunque sólo fuera para asegurarme de que estaba haciendo todo lo posible por recuperarme. Sería caro, y por entonces yo estaba terminando con mis últimos ahorros. Viviendo con mi padre gastaba muy poco dinero, pero apenas me quedaban un par de miles de euros en el banco y, probablemente, tendría que invertir mucho en esto. Llevaba un par de años sin ganar dinero y desde luego no me veía trabajando y ganando más. Sencillamente soportarme a mí mismo cada día era suficiente.

Pasaba la mayor parte del tiempo tumbado en el suelo, mirando la tele. Dos, tres, cuatro horas cada día, tumbado en el suelo, cogiéndome de la cabeza y estirándola mientras me balanceaba suavemente y enderezaba la columna a razón de una milésima de milímetro por hora. Eso era mejor que nada.

Así, cogí la moto y me marché hacia allí. Me venía justito ir en moto. Quizá se me llevara un coche por delante y todo terminara de una puta vez, aunque ahora que empezaba a salir del agujero tenía ganas de disfrutar de la vida. Tenía que ser la hostia, estar sano y hacer cosas e ir a lugares y encontrarse con gente y poder disfrutarlo. Una envidia malsana inconsciente me quemaba por dentro hacia todas las personas que disfrutaban de su salud y de sus vidas. Me cagaba en la gente que salía en los anuncios de la tele en particular. Era fácil: no podían defenderse.

Llegué y me senté frente al alemán, y procedí a contarle lo que me ocurría. Era esa fase en la que todavía estaba tanteando lo que suponía tener una historia así. Yo se la contaba a todo aquel que me encontraba. Estaba tan feliz de haber descubierto lo que me ocurría, después de 23 años de angustia y agonía, después de haberme resignado a una vida de puta mierda con 25 años, que lo compartía con quien quisiera escucharme, y probablemente también con quien no.

—¿Cómo estás? —me preguntaban.

¿Que cómo estoy? ¡Qué alegría que me lo preguntes! Déjame que te cuente… Estaba en plena fase exhibitoria de mi último aprendizaje, pero todavía me estaba dando cuenta de ello.

Pero esta vez estaba de nuevo con un doctor, y este hombre quería escucharme, así que fui a través de toda la historia con pelos y señales. Al comenzar la universidad: mareos, náuseas. Malestar estomacal. Insomnio. Un médico, dos médicos, tres médicos… Una prueba, dos pruebas, tres pruebas… Un rato después llegamos al Big Crunch. Después de una auto-inducción hipnótica y una regresión a la niñez, allí estábamos en el patio del colegio mientras yo luchaba por mi propia vida. Me estaba empezando a dar cuenta del efecto que tenía en las otras personas a medida que contaba la historia e iba a través de todas aquellas emociones y eventos. El hombre escuchaba con atención y tomaba algunas notas.

Entonces le hablé del malestar y del dolor, y le expliqué cómo, a medida que había ido recuperando las sensaciones, me encontré con que las sensaciones físicas se salían de mi cuerpo. Luego un par de detalles más y ya estaba al día.

El hombre me dijo que era una historia un poco extraña. Al parecer se presentaban pocos allí con episodios de traumas de la infancia, con su pérdida de memoria y su estrés post-traumático como si hubieran ido a la guerra y ahora, como veteranos, vivieran como almas en pena, saltando sus corazones del pecho con cada ruido que oyeran.

—En cuanto a lo de las sensaciones que se salen del cuerpo —continuó—, eso me parece un poco…

Alargó la frase tratando de encontrar la palabra apropiada en un idioma diferente del suyo.

—… esotérico —dijo finalmente.

Yo me encendí. Incluso me di cuenta.

Soy ingeniero. He chupado mi química y mi física, mi álgebra y mi cálculo. Me encanta la ciencia y me encanta el método científico y los avances tecnológicos y su puta madre, pero lo que no puedo hacer es ignorar mi propia experiencia. Si sentí que las sensaciones se salían de mi cuerpo, es que las sensaciones se salían de mi cuerpo. No sé cómo ocurría, ignoro el mecanismo y no sé qué es lo que la ciencia tiene que decir al respecto, pero puedo asegurar que es posible: las sensaciones físicas pueden salirse del propio cuerpo.

Regresé en la moto todavía reajustando eso, encontrando mi propia manera de explicarlo. Concluí que era como cuando tienes un sensor que trabaja entre cero y cien y lo sometes a quinientos. Entonces la lectura puede ser cualquier cosa. Estás sacando al sensor de su rango de trabajo de diseño, así que puede responder con cualquier cosa, tenga sentido o no. Los cuerpos humanos no están hechos para trabajar en condiciones de Big Crunch, pero incluso así pueden soportarlos, al menos uno.

En casa, miré mis brazos. Las sensaciones de mis brazos se salían de mis brazos. Un enorme vacío se extendía todavía en el interior de mi pecho. Me tumbaría en el suelo varias horas más, cogiéndome la cabeza, estirándola y retorciéndola mientras veía a los pescadores sacar gigantescos cangrejos del fondo del mar de Bering. Por la tarde pasaría una hora haciendo Yoga. Daría igual. Por la noche, cuando me cepillara los dientes en el cuarto de baño y me mirara al espejo, seguiría sintiendo que los brazos me salían de las orejas.

18 Comments

  1. Debe de ser la hostia de frustrante que el centro de tu vida sea un problema que engulle todo lo demás, como un agujero negro, y tener que enfrentarse a todo ello solo, sin encontrar un profesional que al menos empatice con lo que te pasa (incluso si no tiene la solución), o entradas en internet que nos vaya dando pistas o referencias de lo que te pasa.

    Ha de sentirse uno la persona más abandonada del mundo…

    1. Joder Nemo, pues le has dado justo en el clavo. Gracias.

      Hace unos meses leí una entrevista que le hicieron a un tipo que trabaja con Richard Hawkings (creo que acierto con el nombre), el astrofísico o físico teoríco que está en una silla de rueda paralizado con una enfermedad degenerativa. Una de las cosas que más me llamó la atención del artículo era que hablaba de que Hawkings absorbía la atención a su alrededor “como un agujero negro”. En el punto más profundo de todo esto, así era exactamente. Todo mi universo se revolvía alrededor de esto. Esto me hace pensar en las enfermedades graves y en la gravedad de las cosas.

      Y sí, dando palos de ciego, sin encontrar un profesional que pueda empatizar con lo que me ocurría. Al principio me enfadaba; después terminé empatizando yo con ellos.

      Sí, abandono es una de las sensaciones más brutales que experimenté, así como incomunicación; como si no se me viera o se me oyera. En ocasiones hasta como si no estuviera ahí.

      De verdad que te agradezco el comentario.

      1. Esa sensación es una putada, empatizo mucho con ella porque convivo a diario con ella desde que tengo uso de razón. Creo que tiene que ver con mi personalidad y también con cosas que te pasan. Y encima, no tengo la inclinación de explicarlo, siendo que además poca gente lo entiende y lo encuentro una pérdida de tiempo.

        Es muy buena señal que lo estés escribiendo aquí, eso ya de por sí dice bastante de cómo estás a pesar de la desesperación que desprenden tus escritos. Es jodido estar en medio de una tormenta eterna y sin atisbos de que pare. Al final no queda otra que decir, bueno, pues es es lluvia, lluvia. ¿qué se puede hacer con lluvia?

  2. Lamento tanto sufrimiento. Me ha impactado mucho la parte del relato en la que entra tu padre, te ve tirado en el suelo, sufriendo, llorando y le tienes que pedir que te deje solo. ¿Él cómo lo lleva?

    1. Pues lo lleva mal, la verdad, y a mí a veces me cuesta comprender cómo de mal lo lleva y lo mucho que le encantaría que estuviera mejor y ya recuperado.

      Gracias, Jose.

    2. Sí, yo he pensado lo mismo. Me ha dado una punzada de dolor por él. Tiene que ser durísimo para un padre ver a tu hijo así. Me apuesto a que se pregunta qué tiene que ver él en esto y cómo no se dió cuenta antes. Qué jodido 🙁

  3. Javier, espero que leas ésto. Te he escrito en algunas ocasiones vía comentario, normalmente bajo un pseudónimo, e incluso una vez te escribí un correo sobre el 2009 haciéndote alguna consulta de índole existencial/emocional. Siempre has contestado, y te he seguido desde que empezaste con Bilo y Nano (soy ingeniero informático). Esta vez me gustaría ser yo el que pudiera aportarte aunque fuera un poco después de todo lo que has aportado tú.

    Tengo una amiga que también ha sentido esas alteraciones de sensaciones, por decirlo de alguna manera. En su caso veía que los brazos se le alargaban y sentía cosas extrañas. Coincide que esta chica también sufre de las cervicales/espalda. Además, ella es médico y le pasa alguna vez al salir de una guardia dura de 24 horas (a veces incluso ha hecho de 48 a causa de alguna sustitución). Me contó que lo que le pasa es una alteración del funcionamiento cerebral por hipoxia (falta de la adecuada oxigenación cerebral) por riego sanguíneo insuficiente en un determinado momento), y en su caso es debido a su contractura cervical. Cuando descansa y acude al fisioterapeuta, además de tomar un antiinflamatorio, se le pasa. Así que quizás pueda ser el motivo científico que el alemán dio por esotérico.

    Gracias por abrirte de este modo, me encanta cómo escribes. ¿Por qué no nos das el placer de escribir algún día una novela? Un abrazo.

    1. Hola David, gracias por tu comentario.

      Sí, es una posible explicación. La médula espinal es el cable ese grueso que conecta Europa con América bajo el océano y que transmite toda la información del “sistema”. Además, desde diferentes alturas de la médula espinal parten ramificaciones hacia órganos como el corazón, los pulmones, el estómago, el hígado… Cuando las vértebras se mueven y se desplazan pueden aplastar estos “cables”, dificultando la correcta transmisión de la información y provocando errores de transmisión, lo que puede hacer que las percepciones se distorsionen. Esa es la explicación que le doy yo, similar a la que da tu amiga.

      Gracias a ti por apreciarlo y por poner tildes donde corresponde. Ya escribí una novela. ¿No has leído “Tiempo que perder”? Tal vez algún día me ponga con otra.

      Un abrazo.

      1. Siempre he dicho que los ingenieros tendrían que unirse a los biólogos. Me encantan los paralelismos que encuentras. La vida humana es infinitamente más compleja que cualquier cosa que haya hecho un ser humano (hasta ahora), pero la facilidad de entender sistemas y de verlo como lo que es, una máquina, ayuda mucho a su comprensión.

        1. Gracias por tus comentarios.

          El asunto de los paralelismos, yo los llamo metáforas, ha sido muy interesante a lo largo del proceso. Empecé con cosas a las que ni siquiera supe poner palabras. Luego, viviendo y haciendo cosas, encontré metáforas a partir de experiencias que me permitían explicar las cosas que me ocurrían. Fueron momentos muy satisfactorios del proceso, esos en lo que encontraba el paralelismo apropiado para explicarlo con algo todavía mejor que una descripción. Te agradezco que lo aprecies.

  4. Ostras, qué típico un alemán usando la palabra esotérico para describir algo que su mente racional no puede referenciar. Me meo. Son tan predecibles.

    No creo que sea tan raro el PTSD en la población, de hecho, creo que es bastante habitual, pero justamente uno de sus síntomas es o ser consciente de eso, sólo cuando te dan los triggers.

  5. Hola

    No se si sigues con lo de pegar la espalda al horno como terapia, pero si es así déjame que te recomiende lo siguiente:

    Bombilla de infrarojos:
    https://www.amazon.es/Philips-Bombilla-bajo-consumo-infrarrojo/dp/B001CLUKEM/ref=sr_1_14?ie=UTF8&qid=1501250506&sr=8-14&keywords=lampara+infrarrojos
    Lámpara para la bombilla:
    http://www.ikea.com/es/es/catalog/products/50355395/
    Como mejora puedes sustituir el porta-lamparas por uno cerámico que soportará mejor el calor

    Yo también tuve mi periodo de acudir a rehabilitación, aunque por algo mucho más mundano: tendinitis en los codos. Me di cuenta de que casi todo lo que hacía en la clínica podía replicarlo yo en casa: calor, ejercicios y frío al final. Lo único que no puedo hacer en casa son las sesiones de ultrasonidos que me daban, pero no importa porque dudo bastante de su utilidad.
    Bueno, el caso es que con lo que te he indicado y una bolsa con una pasta que metes en el congelador para luego aplicárla en los codos me he montado mi propia clínica de rehabilitación low-cost. Y me funciona.

    Deja lo del horno y métete unos infrarojos en vena y verás que bien.

    Saludos

    FFF

    1. Ostras, justo el otro día pensé lo de los infrarrojos. Lo usan en rehabilitación por lo que sé y hay bastantes estudios que muestran un mejor funcionamiento de las células en general, lo cual siempre viene bien en un cuerpo enfermo.

    2. Gracias FFF por el comentario.

      Hce ya más de un año que dejé de pegar la espalda al horno, pero te agradezco el brico-consejo.

      Para mí parte de la rehabilitación consistía en salir de casa y relacionarme con otras personas, así que esa era una parte difícilmente replicable, aunque aplaudo tu actitud creativa y experimentadora. Coincido contigo en que los ultrasonidos son los grandes incomprendidos de la rehabilitación. Espero que estés mejor de la tendinitis. ¿Sigues trabajando en lo mismo?

      Un saludo 🙂

      1. En lo mio no hubo nada de creatividad ni experimentación. Simplemente he buscado la manera de hacer en casa lo mismo que hacía en la clínica.

        Me recetaron 20 sesiones de rehabilitación, pero tanto el médico como los fisios ya me advirtieron de que casi siempre se recae en las tendinitis. Y más en la epicondilitis.
        La rehabilitación cosistía siempre en lo mismo: calor profundo con infrarojos, ejercicios de estiramiento, ultrasonidos y frio. Una vez conoces los ejercicios, si usas los mismos aparatos que en la clínica puedes hacerlo todo en casa. Por 25€ de la lámpara y 10 más de la bolsita para aplicar frío, me puedo auto-recetar las sesiones cada vez que veo que la tendinitis vuelve a asomar la cabeza. Me ahorro el trámite medico de cabecera-traumatólogo-volante-clínica que implica 2 o 3 semanas como poco.

        La falta de eficacia de los ultrasonidos es una apreciación mia. El calor-frío y los ejercicios tiene un efecto inmediato que se nota enseguida. Los beneficios de los ultrasonidos, las corrientes, la magnetoterapia, etc. te los tienes que creer porque no notas nada cuando te lo aplican. Supongo que tienen su base científica, pero como nadie se toma la molestia de explicártela…

        De momento mantego a raya la tendinitis. Sobre la pregunta del trabajo, no recuerdo muy bien lo que hacía cuando nos conocimos, pero básicamente mi vida laboral tiende asintóticamente a 0.

        Saludos

        FFF

        1. Hombre, yo sí que aprecio creatividad para montarte tu propia solución y experimentación para hacer pruebas hasta que logres que te funcione. Además de eso hace falta tener iniciativa y estar dispuesto a investigar y a explorar. Tal vez estés entre esos pocos que se libran de recaer y mantienen sus tendones flexibles y felices.

          Yo las corrientes sí que las notaba, además mucho. Me dejaban el mando y podía jugar con los botoncitos para subir y bajar la intensidad. Me llegaba a dar hasta 45 microamperios, y los músculos se ponían duros cosa fina. Tampoco me parecía a mí que los ultrasonidos hicieran gran cosa por la patria. No notaba nada, tal vez por no tener la suficiente agudeza sensorial. Pregunté a algunas personas y tampoco creían que funcionara. Es una lástima que no expliquen mejor por qué funcionan estas cosas, con la potencia que tienen los placebos…

          Tu vida laboral con derivada negativa, me encanta. Creo recordar que hacías, o te habías propuesto, prestar soporte informático a domicilio.

          Saludos.

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