El Big Crunch (XXII)

Seguí yendo a rehabilitación. El dolor seguía siendo abrumador, y además ahora lo atravesaba sin marihuana, a pecho descubierto y verdaderamente dolorido. Lo que me había recetado el traumatólogo era placebo del malo, y con tanto dolor y angustia ni siquiera podía abrir la boca lo suficiente como para decírselo. Hablar me costaba un esfuerzo brutal. Tendría que incendiarse la casa para que yo pudiera gritar socorro.

Con el propósito de sacar algo bueno de todo aquello, así como algo de fuerzas de flaqueza, empecé a construir rituales de agradecimiento. Me ayudaban a poner mi mente en lo que había de bueno en mi vida, en aquello por lo que podía sentirme agradecido. Por la mañana, nada más despertarme, y por la noche antes de dormirme, hacía una lista de todas las cosas que se me ocurrían por las que podía dar las gracias. Con un poco de práctica podía pensar en 20 ó 30 cosas fácilmente. Me di cuenta de que se trataba de una cuestión de actitud.

En rehabilitación, prácticamente cada día, pasaba por el calor, por las corrientes, por los masajes… Las manos de aquellas mujeres se hundían en mi espalda. Desgraciadamente, lo hacían de una en una y durante apenas diez minutos cada vez. Entraban en aquel vacío entumecido que era mi pecho y se perdían en su interior. Sentía un dolor infinito. Si me concentraba en el dolor podría incluso desmayarme.

Luego caminaba hasta casa, maltrecho, confuso y desorientado, dando tumbos por las aceras. Llegaba a la altura de los porteros y temía sucumbir a su influjo, que mis pies se quedaran anclados al suelo al pasar por allí y tener que fingir buen humor y poner buena cara cuando estaba a punto de echarme a llorar desconsoladamente.

Entonces terminaba las sesiones para las que era válido el volante y tenía que pedir cita de nuevo con el traumatólogo y esperar tal vez una semana, y en esos días calentaba el horno a doscientos grados y me sentaba en el suelo de la cocina y acercaba la espalda al cristal de manera que el calor entrara por la espalda y me aliviara durante quince o veinte minutos. A veces me ponía algunas piezas de música clásica.

Ahí estoy, sentado sobre el suelo con las piernas cruzadas, apoyando la espalda sobre el cristal del horno mientras se calienta. El calor penetra el vacío de músculos entumecidos, de articulaciones y tendones retorcidos. Pongo algo de Mozart o Bach y, por un momento, me olvido de que me siento como si me estuviera partiendo en dos por el pecho y de que, lo que es peor, llevo ya dos años así.

Veinte minutos después, apago el horno. Apago la música. Me tumbo sobre el suelo de la cocina y me quedo mirando el techo. Reparo en mis escasas sensaciones corporales.

Siento como si mi columna vertebral estuviera girada 360 grados sobre sí misma a lo largo de su recorrido. Si quisiera enderezarla tendría que cogerme la cabeza y darle una vuelta completa, como la niña del exorcista. Evidentemente, no puede ser. Se trata de uno más de esos imposibles anatómicos, pero siento que mi columna se enrosca una vuelta completa. Quiero llorar otra vez, pero llevo 25 años haciendo justamente lo contrario: contener las lágrimas y empujarlas lo suficientemente lejos como para poder incluso poner buena cara. Siento que mi columna vertebral se retuerce tanto que la cadera se hunde a noventa grados en el suelo y las piernas se pierden en el piso inferior. Llevo más de dos años haciendo todo lo que puedo para recuperarme y sigo todavía envuelto en una pesadilla de la que no puedo despertar. Mis sensaciones físicas se salen de mi cuerpo y no hay nada que yo pueda hacer para que sea diferente hoy, y tampoco mañana, ni siquiera la semana que viene, ni siquiera al mes siguiente. Me pregunto cuánto tiempo tendrá que pasar hasta que vuelta a sentir que soy humano.

Por las tardes puedo pasar tiempo con mi sobrino. Él no me juzga, simplemente juega conmigo. Miramos los coches por la ventana. Los semáforos se ponen naranja, luego rojo. Luego cambian de nuevo a verde y los coches se ponen en marcha otra vez. Durante unos minutos el mundo deja de ser una pesadilla de Tim Burton para parecer salido de un inofensivo libro infantil. Yo, por algunos segundos, me olvido de mí mismo y consigo prestar atención a otra cosa más allá de mi propia angustia.

Aunque sigo saliendo de la pesadilla, lo hago tan lentamente que a veces me desespero. Trabajo 24 horas cada día para recuperarme. Por cada cien centímetros que avanzo cada día retrocedo noventa y nueve. Me siento como si progresara por barro, por aguas pantanosas. Tal vez esté pisando mierda. Pesada y apestosa, traga mis pies y mis piernas a cada paso. Me arrastro asqueado preguntándome dónde está el fin y si voy siquiera en la dirección correcta. Acudo de nuevo al traumatólogo. Deje caer la cabeza hacia adelante; ahora hacia atrás. Aquí tiene otro volante para ir a rehabilitación.

Gracias.

7 Comments

  1. Una duda que me surge, si eras incapaz de hablar con el médico, ¿por qué no ibas a la consulta con algún familiar para que, después de haberle aleccionado, le dijese lo que te pasaba? Otra posibilidad era escribir tus síntomas en papel y pasarle el texto

    1. Bueno, lo que me ocurría con el médico, con el traumatólogo, no era un caso aislado: me ocurría lo mismo con todo el mundo. Me ocurría lo mismo con mis familiares. Estaba en una fase en la que apenas podía explicarme a mí mismo lo que ocurría, así que tenía las mismas dificultades para comunicarme con otras personas. Por otra parte, era el momento en el que estaba dándome cuenta de esas dificultades. Para mí siempre había sido eso así, era normal. Fue todavía más adelante que me di cuenta de que tenía el pecho retorcido y la tráquea aplastada y retorcida. No sólo me resultaba difícil explicar lo que me pasaba por limitaciones en mi comprensión, sino también por las dificultades físicas de mover las diferentes partes involucradas en el proceso.

      No se me ocurrió la opción de escribir una misiva con lo que me ocurría. Entrar por la puerta, sentarme en la silla en silencio y darle un papel hubiera sido demasiado raro para mí en aquel momento. Ahora, con más comprensión, sí que lo hubiera podido hacer. Antaño no.

      Por cierto, me alegro mucho de verte de nuevo por aquí. ¡Un saludo y gracias!

    1. Desesperación e impotencia brutales, gracias por apreciarlo. Sí, ahora estoy mejor. Estoy terminando de des-retorcer vértebras, articulaciones y ligamentos.

  2. Ay, Javier…cómo me ha sorprendido reencontrarte así, inmerso en una situación tan terrible!
    Tras leerte durante muchos años, acudí a ti a principios de 2014 buscando ayuda en un momento muy doloroso de mi vida. Estaba muy asustada, porque llevaba prácticamente 3 meses sin poder comer y mi mente estaba en fase “autodestrucción “.Yo vivo en Zaragoza, así que me ofreciste tener una sesión por skype. Y fue el principio de un largo proceso de recuperación. No te lo creerás, pero a partir de ahí todo cambió. Siempre guardaré un profundo agradecimiento por ello. Y te sentí tan capacitado para trabajar en eso, que estaba segura de que estabas disfrutando como un loco, ayudando a pacientes, desarrollando todo el gran potencial que tienes.
    Ha ido pasando el tiempo, y te perdí la pista. Y ayer domingo llega a mis manos un librito de ejercicios prácticos de PNL y después de ojearlo me vienes a la mente y -en lo que suponía un nuevo intento vano-, comienzo a leer todo esto… Lo siento, lo siento mucho. Yo también he tenido dolores constantes y sé el cansancio desesperante en el que sume un día tras otro de dolor, de descubrir partes del cuerpo que hasta hace poco tiempo ni siquiera existían en tu idea de lo que era tu propio cuerpo, y que -de repente- se convierten en El Centro de tu vida.
    No quiero parecer la abuela cebolleta contando batallitas de médicos, y seguro que tú has leído mucho sobre todo lo que te voy a decir, pero en mi experiencia personal aparecen una cuestión fundamental… busca un buen osteópata que tenga conocimientos profundos de Educación Postural Global, a mí es quien más me ha ayudado, mucho más que traumatólogos y fisioterapeutas. Evidentemente no se puede generalizar, y lo que a uno le funciona o otro puede que no le ayude, pero ante una situación de tanto dolor hay que probar, creo yo.
    Espero que -sea como sea-, consigas dejar atrás todo ese dolor.
    Un abrazo.

    1. Hola Victora,

      la verdad, siendo honesto, no recordaba haber trabajado contigo. Tuve que revisar mi buzón de e-correos para encontrar los mensajes que intercambiamos para ponernos de acuerdo para hacer la sesión. Fue una de las primeras, si no la primera, sesión de trabajo que hice por Skype.

      Lo cierto es que lo recuerdo vagamente. Entre 2014 y 2016 estuve trabajando con muchas personas diferentes, haciendo tanto sesiones presenciales como por videoconferencia, y también enseñando hipnosis, a menudo a grupos y a veces individualmente. La verdad es que lo disfruté mucho, y en general conseguí muy buenos resultados. Yo mismo me daba cuenta de cómo entraba la gente y cómo salía, aunque siempre es muy satisfactorio poder leer de primera mano el testimonio de alguien, y por eso te doy las gracias.

      Te agradezco mucho el comentario, así como el consejo. De hecho, adelantándome al desarrollo de la historia que estoy contando, te adelanto que desde principios de 2017 estoy yendo a una mujer de formación osteopáta pero que hace cosas “fuera de los libros”, y me está yendo fantásticamente bien. Poco a poco fui afinando y encontrando al profesional más adecuado, y esta mujer está haciendo un trabajo magnífico. Todavía me queda un poco, pero juntos hemos hecho un milagro.

      En fin, Victoria; me alegro mucho de saber de ti y de haber podido participar de tu recuperación. Mucho ánimo y adelante, ya sabes por dónde ir. Un abrazo,

      Javier

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