El Big Crunch (XXI)

En Febrero de 2016 estaba de nuevo en la consulta del traumatólogo. Los pacientes entraban y salían a toda velocidad. Entré, me senté. Levántese y dese la vuelta. Deje caer la cabeza hacia adelante.

La frustración se me comía por dentro. Quería gritarle: «Tengo un dolor que me está matando. Este es su trabajo: ¡haga algo! En lugar de eso me escurría hacia dentro y por momentos incluso sonreía. Me preguntaba cómo podía haber una diferencia tan brutal entre lo que ocurría dentro de mí y lo que mostraba al exterior. Suspiré aliviado cuando el traumatólogo alargó la mano y arrancó otro volante para enviarme a diez sesiones más de rehabilitación.

Por entonces debía de llevar ya unas 35 ó 45 sesiones. Eso son muchas sesiones de rehabilitación. Llevaba ya varios meses yendo prácticamente cada mañana a la clínica, a sentarme delante de un calefactor y reflexionar acerca de lo que, 25 años antes, de una cierta manera, me había hecho a mí mismo.

Por aquel entonces estaba haciéndome preguntas del tipo «¿Por qué yo?» o «¿Qué he hecho yo para merecer esto?». Llevaba ya algunas semanas insistiéndome en estos asuntos, así que, inconscientemente, comencé a levantarme el secreto de sumario. Empecé a darme algunas respuestas.

En varios episodios de reflexión, me mostré los acontecimientos y eventos que me habían llevado hasta el Big Crunch. Me mostré cómo había empezado aquel camino, cómo lo había continuado, de qué manera había sembrado aquel campo de extraña desolación y cómo había regado hasta crear las circunstancias apropiadas para ser «cruncheado» por aquel hijo de puta. En el reblandecimiento de mi carcasa de músculos estirados y articulaciones retorcidas, estaba empezando a meterme la cabeza en el culo y a aceptar que tal vez yo no era, por aquellos entonces, precisamente un angelito.

Mi hermana me habló acerca de un libro. El título era «Usted puede sanar su vida». No sé, por ejemplo «Moby Dick» me hubiera resultado más atractivo; pero por entonces yo estaba dispuesto a aceptar que podía estar equivocado de muchas maneras diferentes, y había reculado lo suficiente en mis propias certezas como para estar dispuesto a aceptar nuevas ideas. Si mi hermana hubiera venido con ese libro tan sólo un año antes se lo hubiera tirado a la cara, pero por entonces yo estaba más blando y más flexible, física y mentalmente, y estaba dispuesto a considerar nuevas perspectivas y nuevas ideas. Por otra parte, el libro se llamaba «Usted puede sanar su vida», y era ciertamente obvio ya para mí, por aquellas alturas, que mi vida estaba bien jodida. Acababa de cumplir 40 años y no tenía ni oficio ni beneficio. Malvivía con mi hermana y su familia, y gracias, y estaba ciertamente jodido, fumando marihuana en grandes cantidades cada día tan sólo para poder soportar el dolor que se abría paso de manera abrumadora desde lo más profundo de mi pecho. «Usted puede sanar su vida» era exactamente el título del libro que necesitaba. «Quiero sanar mi vida», le dije al libro. «¿Cómo lo hago?».

Devoré el libro en menos de una semana. Me encantó. Me sentí identificado en algunas de las historias. Empecé a utilizar algunas de las afirmaciones. Profundicé en mi agradecimiento. Podría haber estado viviendo en la calle, durmiendo literalmente bajo un puente; pero estaba allí, durmiendo en una cama bajo techo, comiendo caliente tres veces al día. El agradecimiento prendía una llama de esperanza entre todo aquel dolor brutal y desolador.

Decidí dejar de fumar marihuana. Había llegado ya al punto en que había dejado de encontrar más y más dolor. Por fin aquello se había estabilizado. Ya no seguía cavando un agujero encontrando más y más miseria y dolor, sino que por fin había tocado fondo. Eso me animó. Miré todo aquel abrumador dolor y me dije «Ya está; esto es todo». Me había llevado dos años enteros desenterrar todo aquello. Era inmenso. Pero eso era todo. Había algo sumamente reconfortante en haber delimitado sus fronteras, en haber conseguido definirlo, en haber podido decir «Es esto, y esto es todo lo que es». Me llevaría más o menos tiempo sanarlo, pero estaba ya todo en mi conciencia. Ese era el tamaño exacto. Era el momento de empezar a sanar mi vida.

Arropado por mi familia, animado por el hecho de haber puesto límites a aquel dolor aparentemente infinito, decidí dejar de fumar marihuana. Bueno, por eso y porque empezaron a sangrame las encías. Me di cuenta de que si seguía por ahí terminaría perdiendo los dientes. Apreciaba mis dientes demasiado como para eso, así que resolví dejar de fumar marihuana. Un mes después, me dispuse a dejar también el tabaco.

Me senté en el suelo, me induje un trance bien profundo y me llevé a través de una excelente técnica que había aprendido de Richard Bandler y que consistía en elicitación y apilamiento de anclajes. Funcionó tan bien que me sorprendió. De repente el tabaco dejó de resultar una cosa atractiva para mí. Un mes después, animada por mis resultados, mi hermana me pidió una sesión. Funcionó como la seda.

Así, dejé de fumar marihuana, dejé de fumar en general y me enfrenté a todo aquel abrumador dolor sin ningún tipo de ayuda. Bueno, tal vez con la televisión, que entretiene que da gusto. Tumbado en el suelo, removiendo las vértebras contra la dura superficie, me entretenía de aquel brutal dolor concentrándome en las evoluciones de los Hoffman aprendiendo a extraer oro en el Klondike de Alaska. Me chupé la primera temporada como quien no quiere la cosa.

5 Comments

  1. Me hablaron de ese libro de Louise Hay hace muchos años, creo que yo tenía doce. En aquel momento mp le di importancia pero reconozco que quizá ahora sí pudiera ser útil. Me tienes en vilo con la historia. Espero que consiguieras recuperarte.

  2. Javier,

    cuando recibí tu mensaje vía Twitter, no me lo podía creer. Me parecía increíble que El Sentido de la Vida estuviese de vuelta. Eché un ojo a tu cuenta de Facebook para confirmar que eras tú de verdad, y no otro, el que escribía por aquí. Y sí, eras tú, GonzoTBA. Javier Malonda de nuevo al teclado.

    En un par de días me he merendado todo el blog, de arriba a abajo. Y me alegra saber que tu recuperación progresa adecuadamente.

    Hace pocos meses me leí tu Diario de Nantes. Te echaba de menos (no homo). Creo que eres la única persona que me ha hecho reír a carcajada limpia delante del ordenador. En fin…

    Suficiente peloteo por hoy. Te seguiré en la sombra, como he hecho siempre.

    Un abrazo.

  3. Una alegría volver a encontrarte por la blogosfera y saber que, si bien no curado, estás en el camino de deshacerte de tus infortunios

  4. ¡Pardiez!
    He buscado por curiosidad elsentidodelavida.net, sin saber si seguiría existiendo o si estaría farmeado en una granja de dominios como tantos y tantos sitios que desgraciadamente desaparecen, y …¡BINGO!

    Gran noticia tu vuelta, Gonzo, me alegra de verdad. Ahora tengo que ponerme al día de estos tres meses que veo que llevo de retraso.
    Descubrí la tira ECOL hace casi quince años, en barrapunto, y después empecé a seguir el ESDLV. Mientras escribo estas líneas deshibernan en mi memoria mogollón de historias que viví desde la distancia pero de alguna manera, contigo. ¡Cuántas aventuras! Me viene el episodio de conseguir que ESDLV ganara un certámen de blogs (¡eins, zwei, voto, paja!), y las historias de ¿superindecisa?, y de ¿rangsperry?, puede que los nombres o fechas me bailen, pero no la sensación de haber estado allí. Y de cuando investigaste formas de dormir, y cuando empezaste a correr, y las historias con los colegas que me hacían descojonarme de la risa, y relatos preñados de angustia, y de curiosidad, y de valentía, y de miedo… Todo muy honesto, a mi parecer.
    Incluso llegamos a conocernos telemáticamente intentando echarte una mano exportando los users de ESDLV para insertarlos en el nuevo foro del site, que creo recordar funcionó bastante bien, al menos un tiempo. Y recuerdo también cuando comenzaste el cambio a PNL o NPL o como cojones se llamara, etapa que también intenté continuar, pero que me resultaba menos expontánea.
    Curiosamente, de lo que no me acuerdo es del final, de cómo y cuándo dejé de seguir el blog. Quizá (seguramente) porque no hubo un final y esto sigue. Ojalá.

    ¡Abrazaco!

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