El Big Crunch (XVIII)

Estuve yendo a rehabilitación durante diez sesiones más. Las navidades se acercaban, y yo me esmeraba en estar tan bien como pudiera para afrontarlas. Siguiendo mi rutina matutina, flotando en dolor entumecido, me dirigía hasta la clínica de rehabilitación.

Lo pasaba bien. Saludaba al portero, quien ya me conocía. Ya me sabía los nombres de las mujeres que allí trabajan. Entraba y me sentaba. Saludaba a todas y a cada una de las personas que allí había. Miraba cuidadosamente y me preguntaba quién se encontraría más receptivo para una conversación entretenida. Las sonrisas solían ser una buena pista.

Había una chica allí con reuma. Era muy joven y le dolía todo. Era una lástima. Era una chica muy bella, un poco como una muñeca, con la piel como de porcelana. Se quejaba especialmente de sus rodillas. Mientras me explicaba los síntomas, me pregunté si no tendría yo también algo de reuma.

Me dolía todo. Llevaba ya año y medio levantando un manto de tensión y entumecimiento y todo lo que encontraba debajo era dolor. Incluso me alegraba de ello: por lo menos había algo ahí. Podía percibir un trozo más de mi forma humana y, aunque estuviera hecha de puro dolor, al menos estaba ahí. Era una evidencia más de que yo no era una cosa, sino un ser humano.

Entre todo ese dolor, me dolían también brutalmente las articulaciones. Me dolían las manos, las muñecas. Me dolían los codos. El dolor era enorme. Yo hablaba con aquella chica y me entretenía y disfrutaba de apreciar su dolorida belleza. Pronto la llamaron para que pasara a recibir un tratamiento de electromagnetismo.

Alguna vez había yo recibido aquel mismo tratamiento. En una habitación contigua, me tumbaba sobre una camilla y me ponían una suerte de aro alrededor de la zona afectada. Como no había aro para el cuerpo entero, me lo ponían alrededor de los hombros. Luego le daban a un botón y se suponía que la máquina lanzaba ondas electromagnéticas que sanaban la parte afectaba. Para mí era un poco un acto de fe, la terapia más placébica de todas. Entraba y salía sin notar ningún cambio. Era muy diferente a cuando, por ejemplo, recibía un masaje de diez minutos. Cuando salía podía notarlo fácilmente.

Yendo todos los días de la semana, conocí a mucha gente. Hablaba con estas personas durante unos minutos cada vez. Cada uno estaba jodido a su manera. Me sorprendió la cantidad de personas que se hacían daño levantando bebés. Deberían prohibirlos. Son un riesgo para la salud pública. En la sala de las corrientes, coincidí con una mujer mayor varias veces. Cada vez que hablaba con ella me contaba su historia.

Era una historia extraña. Paseaba cerca de la playa cuando unos perros la atacaron. Recuerdo vagamente los detalles, y eso que la mujer me contó la historia en repetidas ocasiones. Era como un disco rayado. La pobre mujer no podía salir de aquella mañana, varios años antes. Era devorada una y otra vez por aquellos perros. Tampoco era para tanto, porque estaba allí apretando los botones del aparatito de corriente, pero en cuanto se descuidaba estaba de vuelta en aquel momento. Yo me despertaba cada mañana en 1990 partiéndome en dos, así que podía comprender su bucle espacio-temporal. Es lo que tiene la gravedad, que deforma fácilmente el espacio-tiempo.

Fui a través de las siguientes sesiones de rehabilitación y, en cuanto pasaron las navidades, pedí de nuevo cita para el traumatólgo. Estábamos en Enero, y en la visita anterior me había dicho que me enviaría a hacerme una placa del pecho. Por fin sabría qué demonios me ocurría. Por fin podría ver en una radiografía el Big Crunch en todo su esplendor.

Carrusel de pacientes entrando y saliendo. Enfermera que llama. Yo que me siento. ¿Que cómo me va? Pues flotando en marihuana para poder soportar mi mera existencia. Levántese y dese la vuelta.

Me levanté. Me di la vuelta. Pensé en quitarme la camiseta, pero ya me la había quitado la última vez. Ya me había palpado las vértebras dorsales. Ya había decidido que la próxima vez, ergo esta vez, me enviaría a hacerme una radiografía del pecho.

—Echa la cabeza hacia adelante…

Dejé caer la cabeza hacia adelante.

De nuevo estaba en aquel bucle. Enmudecido, rabioso, incapaz de abrir la boca y decir «Esto ya lo vio usted la última vez. ¡Enviéme a hacerme la maldita radiografía!».

Ni siquiera fui capaz de abrir la boca cuando volví a sentarme. En cierto modo, a un nivel inconsciente, me di cuenta de que temía de qué sería capaz si abría aquella caja dentro de mí.

Así que dejé la caja cerrada. Incluso temí que el traumatólogo me fuera a decir «Fantástico, ya estás mucho mejor. Un placer haberte conocido». Me quedé algo más calmado cuando vi que su mano izquierda se estiraba y tomaba un volante. Hizo una prescripción para diez sesiones más y me despidió hasta el mes siguiente. Ni mención de la radiografía. Yo estaba estupefacto. Incluso así, podía sonreír y mostrarme amable. Daba igual que me estuviera devorando el dolor. Después de veinticinco años de práctica, podía estar sintiendo que me partía en dos por dentro y por fuera hacer como si fuera el mejor día de mi vida. Tal vez fuera un gran actor después de todo.

2 Comments

  1. ¡Joder! ¡Me está dando empezando a cabrear el traumatólogo! Pero, por otro lado, no logro entender que no le pidieses la prueba. ¿Llegaste a profundizar el motivo por el cuál no lograbas pedírsela? Bien que te ponías a hablar con la gente en la sala de espera. Así que no será por timidez o por falta de saber qué decir. Es curioso.
    Seguiremos leyendo… Estoy enganchado.

    1. Gracias Jose por tu comentario.

      Sí que llegué a profundizar en el motivo. Encontré que había un par de motivaciones diferentes.

      Por un lado me sorprendía el hecho de que el traumatólogo fuera, a mi entender, tan incompetente. Desafiaba mi comprensión que actuara con tanto descuido, con tanta superficialidad; que no se ocupara de cosas que para mí tenían que ser fundamentales, como pedirme que me quitara la camiseta para poder usar también sus ojos y tener más información acerca de lo que me ocurría y poder hacer un mejor trabajo. En cierto modo, quería saber cómo de lejos podía llegar su incompetencia. Pagué precio alto por satisfacer mi curiosidad, lo reconozco.

      Por otro lado, me di cuenta de que todo aquel dolor me dificultaba enormemente tener cualquier tipo de confrontación. Si me ponía a discutir con alguien, solamente el hecho de que la otra persona levantara la voz conectaría con todo el dolor que llevaba dentro y actuaría en forma de amenaza coercitiva. En otra palabras, si te clavo un puñal en la espalda, te pregunto si vienes al cine y lo retuerzo, te resultará muy difícil decir que no. Cualquier persona podía utilizar todo ese dolor que llevaba dentro a modo de amenaza sobre mí. Me pregunto si me estoy explicando.

      En fin, esos fueron los motivos.

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