El Big Crunch (XVII)

Era Diciembre de 2015 cuando regresé por tercera vez al traumatólogo para el seguimiento de mi evolución. Llevaba ya veinte sesiones de rehabilitación. Imagina todo lo que puede suceder en veinte sesiones de rehabilitación. A veces echaba de menos ESDLV, un lugar en el que volcar todo lo que me ocurría, pero estaba demasiado maltrecho siquiera para ocuparme de algo más allá de recuperarme. Sencillamente era demasiado trabajo.

El caso es que fui a través de esas veinte sesiones. Me encontraba algo mejor en el sentido de que notaba que me estaban haciendo bien y de que continuaba recuperándome. No sabía lo que me ocurría al margen del resultado de la exploración con la máquina de resonancia, pero me bastaba con saber diferenciar entre cuándo estaba mejorando y cuándo estaba empeorando. Y estaba mejorando. Eso era suficiente para mí.

Pero yo estaba ya furioso con el traumatólogo, aunque lo suficientemente despierto como para reconocer que estaba furioso conmigo mismo, porque me estaba dando cuenta de que el gato me había comido la lengua y la había echado a un agujero en el suelo, le había echado encima media tonelada de hormigón invisible, le había dado cuarenta y ocho horas de fragua y luego la había tirado al mar. Yo me revolvía en las profundidades de mí mismo buscando una salida y una vía de comunicación eficaz con otras personas, y en concreto con el traumatólogo en aquel momento.

Así que cuando a la tercera visita me senté de nuevo en la silla tras presenciar el carrusel de pacientes durante tres cuartos de hora, sólo puedo tirar de recuerdos e imaginar mi cara cuando el hombre me dijo de nuevo:

—Levántate y date la vuelta.

De modo que esta vez me levanté, me di la vuelta y me quité la camiseta. Aquel hombre tenía que ver aquel prodigio de batido de vértebras.

—No, no hace falta que te quites la camiseta —me dijo con brío mientras yo bregaba por sacar los brazos a través de los agujeros de la tela.

—Sí —dije con palabras que sonaron como el plomo—; sí que hace falta que me quite la camiseta.

Esta vez fue el tipo quien no dijo ni mú. Noté cómo me palpaba las primeras vértebras dorsales en silencio.

Todavía en silencio se sentó de nuevo. Me puse la camiseta. Me senté. Arrancó un volante y garrapateó un vale para diez sesiones más de rehabilitación.

—En Enero, cuando vuelvas, te enviaré a que te hagan una placa del tórax.

Supuse que se refería a una radiografía. Me sentí feliz. De alguna manera había logrado emerger desde las profundidades para hacerme entender. Salí de allí con el volante preguntándome cómo de rápido podría estar otra vez recibiendo un masaje en la espalda.

Las vértebras del cuello, las vértebras lumbares… todas estas vértebras bailan felizmente, libremente en el interior del cuerpo. Las vértebras torácicas son otra historia. Por enconces yo me había comprado una aplicación para la tableta. Consistía en un cuerpo humano en tres dimensiones. Era algo excelente. Podía ver las diferentes capas de músculos e ir retirándolas, y girar el modelo en todas direcciones y hacer zoom aquí y allá para explorar los detalles, y conocer los nombres de los músculos y los huesos. Me estaba convirtiendo en fisioterapeuta a la fuerza. Investigando me di cuenta de la belleza del desastre del Big Crunch.

De cada vértebra torácica, también llamadas dorsales, salen dos costillas. Estas costillas rodean el pecho, una por cada lado, y se conectan con el esternón a través de una articulación cartilaginosa. Si retuerces las vértebras torácicas retuerces el interior del pecho, y retuerces las articulaciones del esternón, que a su vez retuercen el esternón que retuerce los hombros que retuercen todo lo demás. Aquello era de una terrible belleza fascinante. El destrozo se extendía de un modo maravillosamente complejo a las diferentes partes del cuerpo.

Por otra parte, no puedes tener el cuerpo destrozado sin que tu mente se resienta. De hecho, no puedes tener el cuerpo destrozado sin una mente a juego. Las consecuencias psicológicas iban a la par.

Mente y cuerpo misma cosa, pequeño saltamontes. Dos manifestaciones diferentes misma cosa.

Yo lo tuve que aprender con mucho dolor, lo que hizo que me quedara muy claro.

En cierto modo, me considero un tipo afortunado, pues gracias al Big Crunch pude aprender una serie de cosas que de otro modo no hubiera tenido la oportunidad de aprender, explorar y descubrir. En cualquier caso, en las profundidades del dolor más angustioso, me resultaba ciertamente difícil sentirme agradecido por todo aquello. Sin embargo, podía dar las gracias por el volante, dar las gracias por tener una clínica de rehabilitación junto a casa y, haciendo una pequeña pirueta, dar las gracias al traumatólogo por haberme enviado hasta allí de nuevo.

Salí de casa cerrando la puerta.

2 Comments

  1. Me voy dando cuenta de que somos seres muy complejos, y me fascina cada paso que voy avanzando en este conocimiento.

    Gracias Javier, y mucho ánimo.
    Un abrazo.

    1. Sí que lo somos. Por entonces descubrí que contamos unos 800 músculos y unas 200 articulaciones. ¡Piensa en todas esas partes! Eso son muchas piezas.

      Un abrazo y gracias por tu comentario.

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