El Big Crunch (XVI)

Me levantaba por la mañana. Con el calor y los masajes y las corrientes había llegado al punto en que estaba derritiendo la carcasa de hormigón que cubría la fusión del reactor nuclear. El dolor era verdaderamente insoportable entonces. Por las mañanas, en la cama, todavía incluso antes de abrir los ojos, ya lo estaba sintiendo. Cada mañana estaba de vuelta en 1990, siendo partido en dos en el patio del colegio en pantalones cortos. La gente cree que no se puede viajar en el tiempo. Yo no hacía otra cosa.

Había llegado al punto en que el que tenía que fumar marihuana como primera cosa en la mañana. Si quería desayunar, si quería darme una ducha, si quería ir a rehabilitación, tenía que fumar para siquiera salir de la cama. Me pregunto cómo expresar en palabras tanto dolor.

Al menos era un dolor consciente. Eso es un gran alivio. Imagina tener todo eso dentro y ni siquiera darte cuenta, como en los veinte años anteriores. El mundo exterior se transforma en una auténtica pesadilla. Alguien o algo indeterminado te hace daño todo el tiempo, constantemente. Tiene que ser el gobierno, o la sociedad, o la gente, o alguien tiene que ser que aquí pasa algo y no sabes lo que es. Y buscas y rebuscas en vano un enemigo invisible que está haciendo algo que no sabes qué es pero que te está jodiendo la vida. Es todavía mucho más profundo y más inconsciente que todo eso.

Hacer eso consciente es un alivio. De repente todo eso se hace claro. Para mí fue en el pecho. Sentía como si estuviera partiéndome en dos a cada instante del día. Sólo en la marihuana encontraba algún respiro. Me daba igual que fuera malo; lo otro era mucho peor.

Con el dolor consciente, era diferente. Incluso así, aprovechaba cualquier descuido para quedarme inconsciente. Cada mañana amanecía en 1990 doblándome en dos. Pasaba tanto tiempo como podía lejos del aquí y el ahora, donde el dolor era insoportable. Me iba al pasado, me iba al futuro. Me iba a cualquier otro lugar. Descubrí el alivio de explorar los agujeros negros. ¿Sabías que el más cercano está a apenas unos pocos años luz de la Tierra? En la mente se llega allí en un suspiro.

En semejantes circunstancias, ir a la clínica de rehabilitación era toda una aventura. Me lo tenía que poner así para poder hacerlo. Vivía aterrorizado. Y estaba verdaderamente de, por fin, saber por qué. Por primera vez en dos décadas sabía por qué, y ahora estaba aprendiendo acerca del cómo, específicamente. En buena parte me entretenía educándome a mí mismo.

Al volver de Alemania en 2008 leí a Eckart Tolle. Hablaba del poder del ahora. Hablaba del ego. Decía que el ego nos apartaba del aquí y del ahora. Yo entendía aquello más o menos. Luego hablaba del cuerpo-dolor. Para mí aquello era un poco redundante; lo mío era el dolor-dolor. Decía que el ego se alimentaba del cuerpo-dolor. Yo encontraba aquello un poco confuso. ¿Cómo hacía el ego para alimentarse de aquello? ¿Con una pajita? ¿Comía con cuchillo y tenedor del cuerpo-dolor? ¿Cómo funcionaba aquello exactamente?

Pero ya me tocaba el calefactor. La mujer me lo puso bajo el cogote. Sentí el calor penetrando el vacío entre mis hombros. Respiré el dolor entumecido encontrando más fragmentos de mí perdidos en la nada. Cerré los ojos.

No tenía escapatoria. Se trataba de apenas un descanso. El calor pronto cesaría y yo volvería a quedarme de nuevo con aquella masa entumecida que adivinaba entre aquel frío vacío. Soñaba con el fin de todo aquello.

Así pasaba los días, yendo y viniendo de la clínica de rehabilitación, fumando marihuana para poder soportar respirar el dolor que estaba desenterrando, un dolor que había permanecido encapsulado en mi interior durante más de veinte años, con la esperanza de que algún día podría manejarlo. Ese día había llegado.

Tenía pocas cosas que hacer cada día. Tal vez poner una lavadora, ir al supermercado, ir a rehabilitación, hacer una sesión de yoga. Meditar. Fumando tanta marihuana tenía que esforzarme para hacer todo eso. Fumando hierba se hace realmente difícil pensar. Eso es lo bueno que tiene. Para alguien como yo, pensando todo el tiempo, era una manera amable de quedarme en mi cuerpo y sentir algunas sensaciones agradables. Yo anhelaba eso más que cualquier otra cosa en el mundo.

Tumbado en el suelo podía quedarme mirando el techo durante horas. Es difícil de describir. La relajación se hace inmediata, y de algún modo cambia la relación entre el tiempo y el espacio, entre las distancias que se perciben y la manera en que se cuentan las horas que pasan. Fumando marihuana se hace muy obvio que todo es relativo. Me pregunto si Einstein fumó marihuana.

Me tumbaba en el sillón azul. Tenía un chasis de hierro de tubos cuadrados. Me dejaba resbalar por el respaldo ondulando como una serpiente hasta que mis vértebras lumbares resbalaban sobre la base. Entonces me dejaba caer hacia la derecha y presionaba la L4 contra la esquina de metal. Usaba el sillón entero como una enorme llave inglesa para girar esa vértebra en particular. La perra dolía como un demonio. Descubrí que el cuerpo se equilibra a sí mismo.

Otra cosa que hacía era jugar simuladores. Después de un paso por el Flight Simulator, llegué al F1. Los gráficos estaban muy bien pero apenas sentía nada en el volante. Desde ahí llegué al Assetto Corsa, un simulador de conducción que se encontraba en sus primeras versiones de desarrollo. Me sentaba en el sillón azul y giraba el volante. Me permitía hacer algo de gimnasia con los brazos. El coche derrapaba en la curva y yo tenía que girar el volante en dirección contraria. Era mejor que levantar peso en un gimnasio. Me hacía recordar que tenía brazos y que podía tocar cosas e interaccionar con mi entorno. Podía pasar horas allí.

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