El Big Crunch (VIII)

Bajo el vacío que abarcaba casi todo mi cuerpo, entumecimiento. Bajo el entumecimiento, tensión. Bajo la tensión… dolor. Con el paso de los días, persistiendo en las meditaciones, empecé un laborioso proceso de desenterrar dolor. Cada día un poco más. Se trataba de un trabajo muy poco gratificante. Me concentraba, aprendía a relajar los músculos, lo conseguía y a cambio recibía dolor. Esa era la moneda. Incluso así, el dolor era mucho mejor que el vacío.

Me di cuenta de que tendría que referirme de alguna manera a aquel acontecimiento en mi pasado que acababa de descubrir. Decidí llamarlo el «Big Crunch»; la gran crujida. Me pareció algo divertido. Así podría empezar a reírme de aquel asunto. Incluso así, empezando a sumergirme en purito dolor, se me hizo muy difícil encontrarle la gracia a todo aquello.

Pronto se me hizo obvio que el Big Crunch me había provocado un gran daño interno todavía por determinar. Ese daño producía una enorme cantidad de dolor, y tanto ese daño como su dolor habían quedado encapsulados durante más de veinte años bajo una gigantesca carcasa de tensión y, a medida que fuera aprendiendo a relajar toda esa tensión para acceder a capas más profundas de daño, tendría que ir haciendo frente a cantidades crecientes de dolor. Me pregunté cuánto tiempo duraría aquello.

Para poder ir moviendo las diferentes piezas de aquel puzzle de dolor que estaba empezando a adivinar en mi interior tendría que aprender a hacer distinciones entre lo que podía sentir, y prácticamente todo lo que podía sentir era dolor. De igual manera, mejor tensión que vacío; y mejor, aunque con dudas, dolor que tensión. Igualmente tendría que llegar al dolor en algún momento; de modo que, cuanto antes, mejor. Así que, meditando un poco cada día, comencé la tarea de aprender a profundizar en ese dolor y aprender a hacer cada vez más dolorosas distinciones para responder a la pregunta de qué parte de mí era cual entre todo aquel dolor.

Profundizando en mis sensaciones, encontré una enorme paleta de dolores diferentes. Ignoraba que se pudiera sentir dolor de modos tan diversos.

Estaba el dolor que pinchaba. El que pellizcaba. El dolor retorcido. El dolor de la carne al estirarse. El dolor de los ligamentos al retorcerse. El dolor que se sentía como cientos de agujas finas y el que se sentía como decenas de clavos. El dolor de los golpes. El dolor que se experimentaba como cristales rotos. El dolor que se sentía como arena y piedras. El dolor frío, el dolor ardiente. El dolor blanco y el dolor azul. El dolor caliente y el dolor suave como la cerámica. El dolor sordo, profundo, constante. El dolor transitorio. El dolor de respirar contra una pesada masa de pura angustia que hacía que cada respiración se convirtiera en una tortura. Pasé meses aprendiendo a distinguir diferentes tipos de dolor, diferentes maneras de manifestarse, diferentes variaciones del mismo doloroso tema. Luego ya fue una cuestión de distinguir entre el dolor que se podía mover y el que no, y a partir de ahí ya fue una cuestión de cantidad. A eso dedicaba mis días, mis semanas y mis meses.

Empecé con un horrible dolor en las clavículas. Era absurdo. En mitad de aquel enorme vacío de sensaciones, un dolor intenso se abría paso en mi consciencia a ambos lados del lugar en el que debía de estar el cuello. Sentía como una potente pinza dentada mordiéndome la carne hasta el hueso en cada una de mis clavículas. Tal vez las llamaban clavículas porque se clavaban en la carne. Desde luego se sentían así. Compré una aplicación de anatomía para guiarme en el incipiente proceso de «Uncrunching» y formalicé mi primera teoría para explicar la causa de aquel tremendo dolor: el músculo subclavial estaba aplastado entre la clavícula y la primera costilla. Entre ambos huesos aprisionaban, aplastaban y pinzaban el músculo. ¿Cuántos años llevaba eso así? Me llevó tanto como unos diez días conseguir separar aquellos huesos y liberar finalmente el músculo.

Descubrí en mi espalda varias bolas de carne entumecida incrustadas en los músculos. Del tamaño de canicas de las grandes, ardían como tizones al rojo vivo. Me tumbaba de espaldas sobre el suelo y aplastaba esos pedazos de carne entumecida contra la dura superficie. Los masajeaba suave aunque fuertemente contra el suelo, empujando con cuidado temeroso de perder el conocimiento, repitiendo a estas partes de mí que no se rindieran, que estaba yendo a su rescate, que sólo tenían que aguantar un poco más. El dolor se convertía en un agujero negro y, si apretaba demasiado fuerte, se haría tan intenso que yo mismo me iría por ese agujero. Empujaba y dolía tanto que temía desmayarme.

Bajo mi escápula derecha, sentía un músculo aplastado y doblado sobre sí mismo. Me llevó semanas encontrar la manera de estirarlo y sacarlo de aquella absurda y dolorosa doblez, y cuando conseguí hacerlo noté el ardor de la carne viva frotando bajo el hueso al moverse.

De manera similar, encontré algún tipo de tejido doblado y aplastado bajo los huesos del cráneo en la parte derecha de la cabeza. Aquello retaba mi incredulidad. Me tumbaba sobre el respaldo del sillón y aplastaba los músculos de la espalda para tirar de la base del cráneo. Podía notar los huesos del cráneo desplazándose entre sí con una especie de crujido pastoso y algún tipo de tejido moviéndose bajo ellos. Yo miraba la aplicación de anatomía para saber si algo así era posible. Joder, aquel desastre llegaba a partes de mi cuerpo que ni siquiera pensaba que se habrían visto afectadas. Todo aquel dolor entumecido había quedado en mi inconsciente durante más de veinte años. No podía ser. ¿Cómo podía haber vivido de aquella manera sin darme cuenta durante tanto tiempo, casi completamente lleno de un dolor tan brutal y salvaje?

Yo ya no confiaba en los médicos, y todo aquello era tan raro y tan extraño que tampoco confiaba en nadie más. No podía ni siquiera encontrar la manera de explicar o describir lo que me ocurría, así que empecé a encontrar maneras de «desretorcerme» por mis propios medios. Una de las cosas que podía hacer era Yoga. Había aprendido algo a través de diez sesiones en un curso que hice en Alemania, de modo que compré un libro y empecé a construir una sesión que me ayudara en el proceso.

Hice del Yoga un hábito diario. Hacía una sesión por la mañana y otra por la noche, dedicando hasta tres horas cada día. Compré una esterilla, la extendí sobre el suelo y me tumbé. Se me cayó el alma al piso de abajo.

Volqué sobre la esterilla como una barca sobre la arena. Todavía peor. Me sentí como un árbol seco, retorcido y deforme. Mi cadera se retorcía en una dirección y mis hombros en otra. No podía creer que estuviera así, pero el suelo no mentía. Contrastado contra una superficie dura y plana, mi cuerpo era un verdadero despojo retorcido. Me costó aceptar, siquiera creer, que pudiera estar como estaba. En contacto con el suelo, las sensaciones físicas se hicieron más intensas y presentes y casi me eché a llorar. Me di cuenta de que tenía por delante una cantidad de enorme de trabajo. No sería cosa de días, ni de semanas, y tampoco de meses. Estaba haciéndome consciente de que mi cuerpo se había convertido en una prisión de dolor, un instrumento de tortura portátil, provocándome dolor allá donde fuera e hiciera lo que hiciera. Y solamente estaba empezando a desenterrar dolor.

A lo largo de los días, de las semanas, de los meses, hasta completar el primer año de «Uncrunching», desenterré más y más dolor. Me costó creer siquiera que todo eso ya estuviera ahí antes, dentro de mí, durante más de veinte años; que simplemente estaba tomando consciencia del estado en el que estaba, reconectando con las sensaciones y con mi propio ser. Cada mañana me despertaba al dolor, me conducía hasta la esterilla y empezaba a hacer Yoga. Apenas podía moverme, pero me servía para estirar los músculos, los tendones y las articulaciones. Me dolía todo lo que podía sentir de mí, como en una gripe aguda reumática multiplicada por mil.

A lo largo de los meses, el dolor en mi consciencia se hizo cada vez más grande hasta el punto de llegar a resultarme abrumador. Al cabo de un año me despertaba por las mañanas a un dolor salvaje y brutal, como si me estuviera partiendo en dos por la parte alta del pecho, y me sumergía en ese dolor aparentemente interminable hasta que por la noche, completamente exhausto, perdía la consciencia de puro agotamiento para entrar en un sueño lleno de pesadillas. Simplemente para poder soportarlo, empecé a fumar marihuana. Me di cuenta de que reducía el dolor inmediata y notablemente y me permitía soportar el martirio de levantarme de la cama e ir a través de las diferentes tareas que tendría que hacer al cabo del día. Si la hubiera podido conseguir, hubiera tomado morfina sin pensarlo dos veces.

4 Comments

  1. Joder…

    Entonces, ¿tu sospecha es que todo por lo que has pasado puede ser debido a un problema mecánico? ¿Un problema de huesos, nervios y músculos?

    Y, ¿has probado a ir a un buen quiropráctico?

    Creo que te lo pasé alguna vez en tu antiguo blog. Hay un pallo australiano muy bueno que ha tratado con big crunches. Con casos de todo tipo. Casos casos de urgencias, bebés, pero también ha tratado casos crónicos. A él se acerca gente de muchas partes.

    Quizá ya lo conozcas y no aporto nada. No todos los videos son tan espectaculares como este, pero dan una idea:

    https://www.youtube.com/watch?v=2u8Qo5BR3p8

    ¡Mucha fuerza!

    1. Al principio era una sospecha. Después de tanto tiempo, se ha transformado en una certeza, fundamentalmente por la forma que tenía el dolor a medida que lo desenterré, con unos enormes aros de carne retorcida y ardiente alrededor de los hombros. Problema mecánico, pero claro, es imposible estar brutalmente retorcido durante veinte años sin que la mente sufra igualmente. Son dos manifestaciones diferentes de lo mismo. Un problema de huesos, nervios, músculos, ligamientos, articulaciones…

      Llevo unos seis años de quiropráctico. Considero que es bueno. Me ha ayudado mucho, aunque he tenido que recurrir también a otros profesionales que tal vez han sido más indicados. Igualmente, todo grano hace granero.

      Sí, lo vi, gracias. El vídeo es espectacular. Lo mío, más que de unas pocas sesiones, ha sido de unos pocos años.

      Gracias por la fuerza!

Puedes dejar un comentario. Pulsa la tecla "Tab" si desapareciera el botón de publicar.