El Big Crunch (VII)

Salí del trance conmocionado, en completo estado de shock. Por fin, después de 23 años de creciente agonía, de visitar médicos, de probar medicamentos, de verme subir y volver a bajar más profundamente en el horror, de desesperarme, de resignarme, de tirar para adelante, de probar a cambiar de aires yéndome a Alemania, de seguir profundizando en la agonía, de tocar fondo, de regresar a España, de encerrarme en casa y aprender PNL e hipnosis con la esperanza de salir a flote… Veintitrés años enteros, uno detrás de otro, con lo largo que se puede hacer un año especialmente en esas condiciones… en una agonía que se profundizaba cada vez más a la que los médicos que visité sólo pudieron poner parches y nombres pomposos… Por fin descubrí el origen de todo. Tenía ansiedad, sí, pero por fin sabía por qué. Sentí un alivio descomunal. Sentí que me había quitado un gigantesco peso de encima.

Era una mezcla de sensaciones. Por un lado, el tremendo alivio de comprender. El tremendo alivio de saber de dónde venía todo. Incluso la sorpresa de que esa comprensión pudiera aportar tanto alivio, la sorpresa de que, el simple hecho de conocer, pudiera resultar tan reconfortante. Ya no se trataba de un misterio, de un puzzle en el que faltaban piezas y nada encajaba; aquello ocurrió 23 años antes y provocó todo lo que le siguió. Como las fichas de un enorme dominó cayendo una tras otra, podía ver la secuencia en mi mente con toda claridad, con perfecta lógica, una cosa llevando a la siguiente llevando a la siguiente de una manera fluida y… joder, sencillamente lógica. Todo tenía sentido. Me sentí profundamente reconfortado. Por otro lado, bueno, quedaba poner un remedio a todo aquello. Pero en aquel instante me bañaba en el alivio que me suponía por fin, después de 23 interminables años de tortura creciente, haber encontrado una explicación para todo aquel sufrimiento. Un montón de nuevas preguntas empezaban a surgir en mi interior como resultado de aquella revelación, y la mayor de todas: ¿Cómo era posible que algo así hubiera quedado sepultado en las profundidades de mi memoria, enterrado durante tantos años? ¿Cómo podía algo así siquiera pasar?

Me sorprendí respondiéndome a mí mismo con sencillez y competencia. Mira, Javier, me dije: «Esto es como cuando explota un reactor nuclear. Explota el reactor y se libera toda esa mortífera radiación. ¿Qué haces entonces? Le echas hormigón por encima y sellas el lugar con la esperanza de que, en algún momento del futuro, la tecnología haya avanzado lo suficiente como para regresar, levantar el hormigón y hacer algo útil con todo eso». Para mí, era principios de 2014 y había llegado el momento de levantar el hormigón. Por fin contaba con la tecnología necesaria para hacerlo. Acceder a aquel recuerdo había sido el primer paso de un largo camino de recuperación que estaba apenas comenzando. Por fin sabía lo que me pasaba; ahora quedaba encontrar la manera de arreglar todo aquello. Todavía tenía que ver lo que había bajo el hormigón.

Por entonces llevaba ya unos cuatros años meditando. Primero muy tímidamente, unos minutos de vez en cuando, tal vez cuando lo recordaba, una vez a la semana. Luego un poco más, poco a poco, hasta llegar a meditar unos minutos al día, cada día. Después de cinco años me sentaba a diario en una silla y cerraba los ojos y me quedaba conmigo mismo. Así, meditando cada día, había conseguido entrar en contacto con aquel vacío. Con la práctica, había conseguido rondarlo con cierta competencia e incluso, en los últimos meses y semanas, había llegado a empezar a penetrar aquel extraño vacío de sensaciones. Como entrando en una enorme piscina de agua helada, comenzaba a poder meter todo un pie ya. Era sumamente raro sentarme y concentrarme en sentir aquel vacío.

Con la desagradable práctica, encontré que bajo aquella superficie de vacío había tensión; cantidades ingentes de tensión. Podía mirar mi abdomen moverse al respirar. Podía ver cómo iba y venía con cada respiración. Bajo el vacío de sensaciones, empezaron a surgir tensiones. Comencé a penetrar aquel vacío por el abdomen, y estaba tan tenso como un tambor.

Me llevó semanas de práctica diaria avanzar desde la parte inferior del abdomen hasta la superior, entrando en paciente contacto con más y más tensión en mi cuerpo. Aquella desmesurada tensión explicaba las sensaciones de vacío: si tensas un músculo durante meses, al cabo de ese tiempo dejas de sentirlo, de la misma manera en que al cabo de un tiempo de llevar la ropa dejas de notarla. Con la tensión permanente, a través de los meses y los años los músculos pasaban a sentirse entumecidos. Con el entumecimiento permanente, surgía el vacío. Con la práctica diaria fui accediendo a cantidades ingentes de tensión bajo ese vacío.

Me sentía como envuelto en un traje mal hecho, contrahecho. Podía sentir los músculos brutalmente tensos y entumecidos, habiéndose tensado progresivamente a lo largo de más de dos décadas, tensos como cables ahora. La tensión servía para mantener el esqueleto en su lugar. Lo poco que podía sentir de mí se sentía brutalmente deformado.

Descubrí que estaba tan rígido que estaba casi paralizado. Había sido un proceso lento pero constante a través de los lustros, y cuando descubrí todo esto apenas me podía mover. Esto explicaba que, para hacer cosas sencillas como tender la ropa o ir al supermercado, tuviera que sentarme diez minutos para construir la motivación apropiada. Cualquier cosa me costaba un mundo, y tenía que prepararme mentalmente de una manera sistemática para afrontar las tareas más sencillas del día a día. Apenas podía mover la cabeza en ninguna dirección. Cuando persistiendo en la meditación diaria, comencé a abrirme paso entre tanta tensión aprendiendo a relajar los músculos, empecé a abrirme paso a todo un universo de inconmensurable y brutal dolor.

1 Comment

  1. Me ha encantado el símil con el reactor nuclear. Tal cual, así es como funciona el trauma, a grosso modo. Lo jodido es que tiene fugas y en un “todo está bien aparentemente” uno no entiende de dónde coño salen las fugas. Recomiendo a Bessel Van der Kolk y sus libros. Es el mayor especialista de trauma. No sé si a estas alturas te va a aportar nada nuevo de cómo revertir los daños, pero sin duda es muy esclarecedor el entender cómo funciona la fisiología del trauma.

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