El Big Crunch (VI)

Al poco de horrorizarme con el estado en el que encontré mi cuerpo cuando se me ocurrió buscarlo, absurdamente retorcido de varias maneras diferentes, y de redoblar ese horror al explorar el estado de mi conciencia y encontrar que me experimentaba a mí mismo como una bola flotante de la que suspendía un cuerpo plano como un monigote de papel, me senté una mañana de nuevo en la misma silla y eché mano de mis habilidades hipnóticas para encontrar el origen de aquel sin nombre. ¿Cómo era posible que estuviera así, desafiando las mismas leyes de la Física?

Con un par de horas por delante, recosté la espalda sobre la silla y tomé una respiración profunda para iniciar un trance y guiarme a mí mismo en una regresión hasta el momento exacto de mi pasado que pudiera explicar la ensañada y absurdamente retorcida forma de mi cuerpo, así como el lamentable y disparatado estado de mi conciencia. Esto, en términos hipnóticos, es el equivalente al cirujano que se opera a sí mismo, pero por entonces yo llevaba ya 23 años de visitar médicos y tomar pastillas en vano y caer en picado en una espiral de angustia, mareos y depresión, y ya había dejado de confiar en los médicos, en las pastillas y en las leyes fundamentales de la lógica. Por fin, después cuatro años de intenso aprendizaje y todavía un año más de aplicar las técnicas hasta a las piedras, tenía las herramientas necesarias, la práctica y las habilidades para inducirme un trance, guiarme adecuadamente y traerme de vuelta, así que lo haría todo yo mismo sin titubear. De esta manera, cerré los ojos, entré en el trance, fui más profundo y empecé a revisar acontecimientos dolorosos de mi vida a medida que remontaba mi pasado.

En aquella bruma hipnótica, fui a través de los años y, ya cerca de la adolescencia, el viaje se puso trepidante a medida que empecé a encontrar todo tipo de caídas y moratones. Pasé a través de un buen número de golpes, luxaciones, retorcimientos y esguinces… Sin embargo, no había nada lo suficientemente grande y poderoso que pudiera explicar el singular estado en el que estaba. Cuando parecía que el viaje iba a ser en vano, se hizo un vacío entre varios recuerdos y entonces ocurrió.

Un cielo azul se extendió por encima de mi cabeza, y cuando bajé la vista estaba de nuevo en el recreo del colegio. Debía de tener unos quince años. En las pistas junto al gimnasio, en pantalón corto y zapatillas deportivas, mi uniforme habitual, jugaba a futbito con mis amigos. La pelota estaba en posesión del portero contrario y yo, con los brazos en jarra, esperaba tranquilamente a que el equipo oponente pusiera el balón de nuevo en juego.

Entonces, de pronto y sin previo aviso, sentí unos brazos pasando por los espacios bajo mis hombros. Las manos de aquellos brazos se entrelazaron fuertemente sobre la parte de atrás de mi cráneo y entonces, haciendo palanca con mis hombros, empezaron a empujar mi cabeza hacia adelante.

Sacudiéndome de todas las maneras posibles, traté en vano de zafarme de aquella presa por todos los medios que conocía mientras la presión se hacía cada vez más y más fuerte hasta que me sentí atrapado en el interior de una prensa hidráulica que doblaba mi columna vertebral inexorablemente hacia adelante mientras mis hombros se retorcían y mi esqueleto se descuajeringaba bajo aquella brutal fuerza. Segundos más tarde, que se hicieron eternos, estaba luchando por mi vida. Un momento después, mi campo de visión se dividió en dos: a un lado vi mi entierro y al otro me vi en una silla de ruedas mientras alguien me daba de comer. En un momento más, simplemente me rendí. Atrapado en aquella postura imposible, mi columna vertebral se partiría en dos por la parte alta del pecho y yo moriría. Ahí acabaría todo. Todos mis planes de futuro, todo lo que alguna vez había pensado que sería mi vida, todos mis sueños, se hicieron fosfatina en un instante. Tal vez quedaría parapléjico en una silla de ruedas. Si tenía suerte, podría respirar por mis propios medios. En apenas un momento, todo cambió para mí para siempre.

Entonces, cuando ya no podía más, oí la voz de un amigo gritándole a aquel chico que me soltara y sentí la presa aflojándose. Sentí el peso de mi cuerpo cayendo sobre mis pies y las piernas reuniendo fuerzas para sostener ese peso. Lo siguiente que recuerdo es estar en un aula de la universidad mientras todo daba vueltas y la angustia comenzaba a apoderarse de mí. Habían pasado tres años. Comenzaba una pesadilla que duraría más de veinte años y que abarcaría toda mi juventud y la mayor parte de mi vida consciente.

5 Comments

    1. Gracias JD por el comentario. ¡Creía que me habíais abandonado! X)

      ¿Por qué demasiado corto? ¿Qué es lo que te interesa del relato? Si me respondes estas preguntas me ajusto para darte más de lo que quieres. Lo pondré como el placer de satisfacer una necesidad, como cuando se bebe un vaso de agua. En fin, gracias por compartirte.

      ¡Un abrazo!

  1. Pues lo que me resulta realmente interesante es la experiencia que has vivido: no parece que se trate simplemente de un proceso/estado depresivo, aunque seguro que más de un médico te ha despachado con una receta de Prozac o algo así… Además, dados tus conocimientos de PNL (que es un campo que también me llama mucho la atención) y meditación, la experiencia parece doblemente interesante, ya que has dispuesto de herramientas para afrontarla que seguramente nadie más en tu situación ha tenido. (Sí, escribo esto después de haber leído la siguiente entrada, pero me parece mejor dejarlo aquí, por seguir el hilo…)

    Si a lo anterior le sumamos el estilo tan ameno que te caracteriza, tienes un lector que se bebe cada palabra como si fuera la última gota de agua en medio del desierto de Gobi. ¿Me ofreces un vaso de agua? ¡Quiero una piscina olímpica! xDD

    De hecho, efectivamente, estaba pensando en abandonarte, para volver dentro de un par de semanas, cuando hayas publicado otras cuatro entradas, y poder zampármelas de una sentada… pero cada vez que recibo el aviso en la bandeja de entrada de mi email de que hay una nueva publicación, no soy capaz de resistirme y vuelvo a caer por aquí 🙂

    Ya que me lo ofreces, te tomo la palabra: tengo curiosidad por conocer un poco más de esa etapa adolescente que te trajo hasta aquí (de Nantes en adelante creo que he leído todo, o casi). Tampoco me imagino cómo era tu día a día, tus relaciones con los amigos, tu familia, tu novia… desde que abandonaste a los teutones.

    Pero no quiero que te sientas ni mucho menos condicionado para continuar tu relato a tu manera, y por donde tú tengas en mente. Al fin y al cabo, es tu terapia… Y como no quiero ser desagradecido, te ofrezco algo a cambio: mándame un e-mail si quieres que te eche un mano para volver a poner on-line los contenidos anteriores de ESDLV y javiermalonda.com

    Un abrazo!

    1. Hola JD, gracias por tu comentario.

      Yo pensaba que estaba deprimido, y aunque no tomé nada para la depresión, si tomé para la ansiedad. “¿De dónde viene la ansiedad?” hubiera sido la pregunta apropiada. Resulta que la médula espinal provoca grandes cantidades de ansiedad al aplastarse por diferentes sitios.

      Jejejeje, me alegra saber que aprecias lo que escribo, así como la manera en lo que escribo. WordPress me muestra las estadísticas, pero la cosa se queda muy fría. ¿Que lo han leído veinte personas? ¿Y quiénes son? ¿Qué dicen al respecto? ¿Son hombres o mujeres, son mayores o jóvenes? No me extraña que se pongan cookies para saber más de la gente al otro lado; ¡se trata simplemente de conoceros!

      Tomo nota de lo que quisieras leer. Ahora mismo carezco de motivaciones para escribir acerca de eso, pero lo dejo en manos de mi Inconsciente.

      Gracias por tu ofrecimiento de ayuda con los antiguos escritos. Me ocurre lo mismo, que no tengo motivos para volver a subirlos. Lo de ESDLV lo recopilé en el libro que aparece arriba a la izquierda y lo de JavierMalonda.com me resultó útil en su momento y escribirlo y está bien igualmente que desapareciera. De todas maneras, muchas gracias.

      ¡Un abrazo!

  2. Experiencia traumática sin duda. Eso explicaría todos los síntomas posteriores. Es realmente alucinante cómo funcionamos y las tretas que tenemos para “olvidarnos” de episodios angustiosos. Pero todo esto se queda en el cuerpo y siendo que no tienes acceso a esos recuerdos, te quedas un poco de la mano de dios. La buena noticia es que se puede integrar la experiencia.

Puedes dejar un comentario. Pulsa la tecla "Tab" si desapareciera el botón de publicar.