El Big Crunch (IV)

Cuando me puse manos a la obra con la PNL y la hipnosis llevaba ya casi tres años meditando. Había aprendido de una chica con la que había estado saliendo. Había meditado con ella por primera vez. Nos sentamos en una habitación oscura en silencio. Permanecimos allí unos diez minutos. Me pareció lo más absurdo que había hecho nunca, estar allí, sentados, en silencio, sin hacer nada. ¡Vaya pérdida de tiempo!

Incluso así, algo debí de sacar de todo aquello porque un par de meses después me propuse empezar a practicar la meditación. Fue algo intuitivo. Mi primera experiencia por mi propia cuenta fue sencillamente horrible.

Me senté a oscuras en la silla. Cerré los ojos. Inmediatamente entré en contacto con un caótico mundo interior. Las imágenes se sucedían en mi mente a toda velocidad, entrando y saliendo de mi campo de visión mental a un ritmo frenético. Diversas voces y sonidos sonaban desde todas partes muy rápidamente. En veinte segundos me estaba retorciendo sobre la silla. A los treinta segundos abrí los ojos, me levanté y seguí haciendo cosas. Me di cuenta de algo que me asustó: no podía parar.

Además, esto fue antes de aprender PNL y de obtener una mínima educación acerca de mi propia mente. Me asustó oír voces. ¿De quién eran esas voces? ¿Por qué me hablaban? ¿Eran mías? ¿De dónde salían? ¿Por qué estaban allí? Esas eran algunas de las preguntas que me hacía, y carecer de respuestas para ellas me asustó.

Todavía antes, en Alemania, en las profundidades de mi propio infierno personal, recordaba haber encontrado en mi interior una especie de vacío, un vacío que, torpemente, intentaba llenar comprando cosas. Por entonces ganaba mucho dinero, pero pronto me di cuenta de que no había dinero en el mundo que pudiera llenar aquel agujero en mi interior.

De vuelta en España, tras unos meses meditando de vez en cuando, empecé a meditar regularmente. Apenas unos minutos cada día, tal vez dos o tres, todo lo que podía soportar. Sentarme y cerrar los ojos se convertía rápidamente en una experiencia horrible.

Poco a poco, a lo largo de las semanas y los meses, conseguí ir encontrando la calma y alargando el tiempo de meditación hasta los siete u ocho minutos, sentándome a practicar casi cada día. Así, pronto entré de nuevo en contacto con aquel vacío que recordaba, con aquel angustioso y horrible agujero en mi interior.

Poco a poco, persistiendo, comencé a rondar aquel vacío en mis meditaciones. Una mañana, por fin, conseguí calmarme lo suficiente y mantener mi atención lo suficientemente enfocada como para percibir con más detenimiento aquel fenómeno y darme cuenta de algo importante: se trataba de un vacío de sensaciones. En aquel extenso espacio que se extendía bajo mis ojos no sentía nada.

Por entonces todavía salía a correr. Con los años se había convertido en una experiencia absurda. Corría y me preguntaba si me desplazaba sobre el suelo o si el suelo se desplazaba por debajo de mí. Me experimentaba flotando, unos centímetros por encima del suelo. En lugar de dar zancadas y avanzar, flotaba sobre el suelo y éste se deslizaba suavemente por debajo de mí. Una mañana decidí que no volvería a dar un paso más hasta que no supiera qué estaba ocurriendo exactamente.

Al encontrar aquel agujero y darle forma y comprender de qué se trataba, quedé horrorizado. ¿Cómo era posible? ¿Cómo podía no sentir nada? ¿Cuál era la explicación?

Todavía acongojado, acudí a mirarme en el espejo con curiosidad por primera vez en mi vida.

Lo primero que vi fue mi cuello absurdamente torcido. Las clavículas estaban inclinadas. La caja torácica completa estaba inclinada. Las costillas inferiores se levantaban hacia adelante tensando la piel de la parte superior del abdomen. Me miré y me vi deforme. Mi cuerpo estaba absurda y salvajemente retorcido. La misma visión me resultaba dolorosa; sin embargo, no sentía nada. Me asusté. Me asusté mucho.

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