El Big Crunch (I)

A lo largo de los últimos tres años, incluso algo más ya, he visto mucha tele. De hecho, una cantidad brutal. Tumbado en el suelo, con los pies en alto, estiro de la cabeza coordinando con mi respiración. Inspiro profundamente, estiro de la cabeza, tenso los abdominales y me levanto unos centímetros del suelo. Me dejo caer sobre la alfombra. Dejo que salga el aire hasta agotar el último suspiro y entonces vuelvo a estirar de la cabeza. Las vértebras se separan unas de otras. Los músculos deslizan tal vez un milímetro entre sí. Cuando aflojo la fuerza, todo vuelve a tensarse, como si la parte superior de mi cuerpo estuviera envuelta en una tupida malla compuesta por decenas de delgados cinturones de seguridad que me aprietan y me oprimen de manera que cada respiración me supone un gran esfuerzo. Reajusto las manos bajo mi nuca, tan abajo como puedo alcanzar. Estiro de la cabeza y vuelvo a inspirar. Si repito esto todavía cientos de veces hoy, tal vez gane una décima de milímetro de relajante espacio en un aparentemente infinito océano de brutal tensión.

A lo largo de los más de tres años que llevo ya recuperándome, he hecho este patrón decenas de miles de veces, tal vez una media de cinco horas cada día, tumbado sobre el suelo, estirando y girando, balanceándome sobre la espalda retorcida, sintiendo el dolor y la gigantesca masa de brutalmente tensa angustia. Pasé tantas horas haciendo esto que se me hizo una calva en la parte de atrás de la cabeza. El peluquero me explicó que, de la presión y el rozamiento contra el suelo, el pelo se rompe. Me pregunto qué diría un dermatólogo al que no le diera ninguna explicación. «Ohm, un caso realmente extraño», tal vez diría. Ciertamente esto podría ser incluido en la lista de esas llamadas «enfermedades raras» que aparecieron hace poco. El Big Crunch, la enfermedad más rara de todas.

Para distraerme de tanto dolor, de tanto retorcimiento, de tanta angustia, de tanto malestar… de tanto puto asco, hago lo que hace la inmensa mayoría: me pongo la tele. Hacen algunas cosas buenas en la llamada caja tonta. Pronto Dmax, Mega y Neox se convirtieron en mis canales favoritos. Y déjame decirte: hacen un montón de anuncios en la tele. Verdaderamente una burrada. Inconsciente y secretamente, odio a la gente de los anuncios: todos están, con diferencia, mucho más sanos que yo. En fin.

Todo esto para llegar a un anuncio, bienvenido a mi retorcimiento, de una marca de pizzas: Buitoni. Me pregunto si se escribe así, pero te haces a la idea. Suelo comprar las pizzas prosciutto del Dr. Oetker, el único doctor en el que he llegado a confiar, pero me encanta el anuncio de Buitoni. Dice algo así:

«Cuando en algún lugar del mundo a alguien le entran ganas de comer una deliciosa pizza, en otra parte del mundo uno de nuestros cocineros se levanta de la silla de un salto y se pone manos a la obra».

Más o menos viene así la cosa, detalle más arriba o abajo. Pues eso, de vuelta al arte como transacción espiritual que mencionaba el otro día, espero que a alguien, en alguna parte del mundo, le estén entrando ganas de leer una deliciosa historia de purita mierda, porque yo tengo todo un arrebato de escribirla. Eso y que se acerca el Lunes, y mi compromiso es alto.

Pasé 23 años hundiéndome en la mierda mientras me preguntaba qué me ocurría. Tal vez tendría que haberme dicho «Javier, es sencillo: te estás hundiendo en la mierda», pero yo sé que cuando uno se está yendo por el pozo abajo no tiene muchos términos con los que definir lo que le ocurre, ni muchas herramientas para comprenderlo, ni recursos para hacer algo al respecto salvo clavar las uñas en la marmórea y pulida superficie. «Abajo, cabrón», dice la gravedad. Y ahí vas; cada vez más profundo.

Entonces, después de haber aprendido PNL e Hipnosis, conseguí tener un poco de eso y la habilidad y el coraje suficientes para enfrentarme a lo que me ocurría. Entonces lo supe. Llevaba ya 23 años de creciente amargura y desesperación.

Desde ese día sólo quise contárselo a todo el mundo. Te adelanto que a nadie le interesó una mierda. Evidentemente, hay excepciones, que me recibieron con una mezcla de incredulidad y estupefacción. Y yo comprendí por qué: de repente salía de la nada con una historia brutal y sorprendente, con un giro inesperado y con todos los elementos para hacer una excelente película de sobremesa de Domingo con actores desconocidos. La gente vería la película y los actores seguirían siendo desconocidos. Pasaría sin pena ni gloria. Yo solamente quería contar mi historia. Joder, 23 años para saber qué me pasaba. Por fin lo sabía.

«¿Cómo estas?», me preguntaba la gente. Craso error. Nunca dos sencillas palabras entre signos de interrogación habían abierto la cerradura de la mismísima puerta de los horrores. «Oh, me alegro de que me lo preguntes», decía yo, y empezaba a contar una historia cuyas primeras versiones me llevaban casi media hora desgranar. Un par de años después conseguí reducir el mogollón a cosa de un cuarto de hora. Hoy, si me apuras, te lo despacho en diez minutos.

En el joven mundo de los blogs tenemos un dicho: «Es mi blog y me lo follo como quiero». En cierto modo, te conviertes en un maestro cuando llegas ahí, cuando escribes y te importa un carajo lo que vendrá después, lo que dirá el comentarista de turno y lo que pensará tu tía cuando lo lea. Si llegas ahí estás ya prácticamente libre. Yo diré que le voy pillando el truquillo. Gran parte se reduce a simple práctica. Otra gran parte es sencillamente puro hartazgo. La otra parte está hecha de rendición. Que sea lo que Dios quiera; que sea lo que tenga que ser.

Cuando empecé en esto tenía una máxima similar. Lo de follarse el blog vino después. Yo comencé con un tímido «Bueno, estas son mis cosas. Esto es lo bueno de un blog: si te interesa lo lees; si no te interesa, pues… no». El blog es como un río. Si tienes sed, bebes. Si estás satisfecho, lo dejas correr. Si te meas en el río, para eso está la moderación.

Así que bueno, ese es al menos uno de los servicios que presta el blog: salva a decenas de personas de girar la cerradura, abrir inadvertidamente la puerta de los horrores y encontrarse sepultadas por una montaña de angustia, miseria y dolor, amén de otras cuantas cosas desagradables más. Salvemos a unos cuantos inocentes.

¿Que cómo estoy? Hecho una verdadera mierda, y permíteme contarte por qué.

Esta es la historia de lo que llamé El Big Crunch. En otras palabras: La Gran Crujida. Agárrate que vienen curvas.

 


 

En Septiembre de 1993 me matriculé en la Universidad Politécnica de Valencia con el propósito de cursar la carrera de Ingeniería Industrial. Habiendo superado el Selectivo, conseguí entrar en la que fue mi primera opción. Pronto estaba en clase de Cálculo viendo al profesor escribir pizarras enteras repletas de extraños símbolos para llegar a la esquina inferior derecha, tomar el borrador, borrar prestamente todo aquel galimatías y volver a empezar. Yo perdía el culo tratando de poner todo aquello en papel.

Una mañana, en el descanso, me levanté y todo me daba vueltas. Seguramente sería por el enésimo teorema fundamental del Cálculo, así que no le di importancia. Diez mareos más tarde, la cosa se me hizo llamativa. ¿Qué me ocurría? Me ponía en pie y el horizonte se tambaleaba. Temía caerme al suelo.

Un par de semanas más tarde empecé con naúseas. Recuerdo sentir una mano invisible prensándome la boca del estómago. Pensé que sería la mano invisible de la que hablaba el fundador de las ciencias económicas, que equilibraba la oferta y la demanda y de paso me presionaba las tripas en las horas libres. Nada de lo que preocuparse realmente. Yo era un chico duro.

Unos meses más tarde, mientras aquellos síntomas perseveraban y se solidificaban, empecé a tener serias dificultades para conciliar el sueño. Me tumbaba en la cama y daba vueltas sobre mí mismo una y otra vez hasta que, horas más tarde, conseguía dormirme de puro agotamiento. Me desmayaba para oír el sonido del despertador y encontrar que acababa de pasar por la meta para comenzar una nueva vuelta en un circuito que empezaba a hacérseme verdaderamente angustioso.

Mi vida cotidiana se convirtió rápidamente en algo muy desagradable. Durante el día me mareaba hasta el punto en que, en ocasiones, tenía que tumbarme hasta que pasara el temporal. Una angustia profunda se instaló en mis tripas. Ante la creciente dificultad para dormir por las noches, una mañana abrí los ojos y me sentí incapaz de levantarme de la cama, de ir a la universidad y afrontar mis tareas cotidianas. Tumbado en la cama mirando el techo en la oscuridad, imaginar ir a través de las diferentes cosas que tendría que hacer a lo largo del día se convirtió en todo un mundo para mí.

Fue en tales circunstancias que inicié un peregrinaje por diferentes consultas médicas. Pronto fui diagnosticado con ansiedad, así que empecé a tomar ansiolíticos para poder conciliar el sueño por las noches y poder funcionar durante el día.

Yo debía de tener veinte años. Yo sabía jugar al fútbol y sabía de ordenadores. No sabía nada de ansiedad. No sabía en qué consistía ni qué se hacía con ella. Con la Rubeola estuve una semana en cama y después volví a estar bien. Ahora tenía que tomar unas pastillas para poder dormir por las noches. Partía la pequeña píldora blanca en dos, la ponía sobre la palma de la mano y me quedaba mirándola. Entonces la cogía con la punta de los dedos, tomaba un vaso de agua y me miraba en el espejo del cuarto de baño con el pijama puesto. «¿Dónde me estoy metiendo?» me preguntaba. «¿Por qué me pasa esto? ¿Qué me ocurre? ¿Por qué no estoy bien?». En fin, todas esas inocentes preguntas que un chaval de 20 años, por todo lo demás bien sano, bien nutrido y bien atendido, se puede hacer en un trance como el que estaba empezando.

Yo hago hipnosis. Me encanta. Me llama la atención que todos los nuevos medicamentos que se fabrican se prueben contra placebos. Es bien raro que algo funcione mejor que un placebo. Yo empecé a tomar las pastillas y mejoré durante algunas semanas. Joder, tenía tantas ganas de estar mejor. Poco después, me rendí a la evidencia: no estaba funcionando. Me deslicé de nuevo al negro agujero del que trababa de salir, yendo un poco más profundo esta vez. Acababa de disparar otro cartucho que tampoco había funcionado. Dejé de tomar las pastillas.

A lo largo de los siguientes años, mientras los síntomas se agudizaban, me sometí a diversas pruebas que probaron que mi aparato digestivo estaba en perfectas condiciones. No había ninguna razón para que experimentara náuseas y angustia permanentemente. Por entonces yo estaba realmente deseoso de que las pruebas médicas revelaran alguna extraña malformación. «El chico tiene el píloro soldado al ojete», diría el médico. «¡Es un caso extraordinario! ¡Hay que operar urgentemente!». Pasaría por quirófano, donde el galeno extirparía lo que hubiera que extirpar, cortaría lo que hubiera que cortar y empalmaría lo que hubiera que empalmar, y yo me pondría bueno por fin, por no decir de una puta vez. Pero no, las pruebas eran concluyentes. Había que joderse. Tendría que seguir viviendo con ganas de vomitar. Empezaba a tocar la desesperación con la punta de los dedos.

8 Comments

  1. Saludos desde tu pasado no tan remoto

    Si yo fuese una de esas personas que creen que algunos humanos estamos conectados mentalmente con otros mediante una energía desconocida y sutil que no puede ni ser detectada, te diría que tu y yo gozamos de una de esas conexiones y con tarifa plana.
    Pero como no soy de ese tipo de personas, te diré que por puta casualidad el otro día pensaba en ti después de un montón de años de no hacerlo y justo hoy descubro que ese pensamiento coincidió con el relanzamiento de tu blog. Que casualidad, mira tu.

    Te preguntaría que qué tal te ha tratado la vida estos 8 o 9 últimos años, pero ya veo que francamente mal.

    Como has vuelto a las andadas en eso de escribir un blog, te comunico mi decisión de volver yo a las mías de leerlo, a ver quien se cansa antes.

    Te dejo como ejercicio descubrir quién soy. La única pista para descubrirlo es el nombre con el que te escribo.
    Como veo que no estás para muchas ostias (¡que no tengo el coño para ruidos! que diría mi mujer) si no quieres adivinarlo me lo dices y te lo explico sin más.

    Un saludo desde Barcelona (otra pista)

    1. Hola FFF. Gracias por tu comentario.

      Curioso lo de la conexión y la tarifa plana. Me parece que yo me voy convirtiendo en una de esas personas de la energía desconocida y sutil. Un poco más sofisticado y complejo, pero bueno, más o menos eso. En cualquier caso, me alegro de que coincidamos de nuevo aquí y de que disfrutes de leer lo que escribo.

      ¡Claro que me acuerdo de ti! No todos los días alguien me lleva a pasear en avioneta sobre Barcelona y, para redondear, me lleva después a un campo de tiro. Fue uno de esos “mejores días de mi vida”, incluso con la impresionante resaca que llevaba e incluso con el picado que hiciste al volver y que me puso los jugos gástricos, ciertamente ácidos por aquel entonces, en la parte de atrás del paladar. Me llevó una hora salir de las náuseas resaqueras. Incluso así, ¡vaya día! ¡Gracias!

      Pues encantado de que vuelvas a leer ESDLV. Estaba dubitativo acerca de volver a escribir o no, pero reconozco que tenía muchas ganas y, siendo que tengo todo esto pagado hasta Noviembre, qué menos que probar. Así que, si te parece bien, vamos a marcarnos un Buitoni hasta entonces.

      A modo de anécdota, recuerdo que después de estar pegando tiros un par de horas y descansando en la cafetería del campo de tiro, tu mujer me preguntó: “Pero… ¿tú eres siempre así?”. Me encogí de hombros y le dije que sí, aunque me quedé con ganas, como era práctica común para mí entonces, de preguntarle “Así… ¿cómo?”. Con los años he comprendido mucho más acerca de lo que quiso decirme.

      Un abrazo, gracias por el comentario, que me hace sentir más abrigado y acompañado, y saludos desde Valencia.

  2. Hoy, procrastinando en la oficina, he pasado por Barrapunto después de ni sé cuántos años, y me he acordado de ti al ver la viñeta de la tira ecol que dice “nos hemos mudado!” Cuánto hecho de menos a Robotito y a Bilo… y un poco a Nano también.

    Después de seguir tus andanzas por el mundo, incluyendo las estancias en Nantes y entre los teutones (y haberme desternillado de risa en múltiples ocasiones por el camino), y haber devorado Tiempo Que Perder en una tarde, fui perdiendo interés en tus escritos cuando comenzaste a bucear en los mundos de la PNL y te mudaste a javiermalonda.com. Pero me he alegrado tanto de ver que vuelves a las trincheras, que no me he resistido a escribir mi primer comentario en ESDLV.

    Un gran abrazo de Uno Que Pasaba Por Aquí, y que te admira desde que éramos chavales.

    P.D.: Espero con impaciencia El Big Crunch (II) y SS.

    1. Gracias a ti también, JD, por el comentario. Como digo, es importante para mí recibir comentarios afectuosos en estos momentos en los que me siento tan jodido. Gracias. Me hacen sentir más arropado.

      Gracias por haber leído tanto de lo que he escrito a lo largo de los últimos muchos años. ¿Tiempo Que Perder en una tarde? Eso es mucho leer.

      Big Crunch quedan todavía muchos. Eso es lo bueno del blog. Mientras que en “live” la gente, especialmente la más cercana, me dice “Sé breve o guárdate el rollo”, aquí tengo kilómetros de bits para explayarme. Es una terapia inigualable. En cuanto al “SS”, me pregunto a qué te refieres. ¿Subsecuentes? ¿Existe la palabra?

      En fin, cuídate mucho y gracias por el comentario.

      1. Pues recuerdo que cuando lo leí, tenía algo importante que hacer y no me apetecía nada de nada. Y como soy una persona sin término medio, me puse a procrastinar en condiciones… hasta el último punto.

        Del libro en sí, siendo sincero, no recuerdo nada; es lo que tiene darse un atracón de lectura. Sí me parece recordar que me dejó un regusto amargo al final, como que no estaba cerrado del todo, o no tenía el final redondo que me habría gustado… Tendré que releerlo 🙂

        Como te dije en el otro comentario, me alegro de verdad de que hayas vuelto a esta terapia de escribir. En primer lugar, por ti, porque supongo que significa que las cosas van mejorando, aunque sea levemente; y en segundo lugar, por los que te leemos, porque viendo los comentarios, somos muchos los que te echábamos de menos, a pesar de los años. Eso también debe querer decir algo…

        Si ves que necesitas más terapia y empiezas a publicar Lunes y Jueves, o algo así, prometo no reprochártelo 😀

        La abreviatura la había puesto con un sentido mucho menos elegante que el que le has dado tú, significaba simplemente “siguientes” (http://www.fundeu.es/consulta/siguientes-abreviatura-462/). Pero, efectivamente, subsecuente existe, y viene a significar lo mismo (http://dle.rae.es/?w=subsecuente).

        Un abrazo, mucho ánimo, y mucha fuerza para seguir remando.

        1. Del libro debió de quedársete el mismo regusto amargo que a mi agente literario. No, no está cerrado del todo. Me pregunto cómo era el final redondo ese que tenías en mente; ¡igual era mejor que el mío!

          El agente me dijo que el libro creaba unas expectativas que después no satisfacía. Debió de ser lo mismo que pensó mi última novia. Me preguntó si estaría dispuesto a reescribirlo. Pasé varias semanas haciéndolo. Lo dejé igual, solo que un poco más brillante. Llegué a la conclusión de que el libro era exactamente así, tal y como lo había escrito. Tal vez tenga algún día la oportunidad de escribir una segunda parte.

          Buf, Lunes y Jueves probablemente sería demasiado teniendo en cuenta el nivel de calidad que me impongo. De todas maneras lo tendré en cuenta, gracias.

          Ah, ignoraba que “siguientes” pudiera abreviarse así. ¡Gracias!

          Gracias; a seguir remando. Ahora que ya he tapado casi todos los agujeros de la barca esto se está haciendo más llevadero.

  3. Un placer enorme volver a leerte, Javier.

    No suelo participar, pero al igual que FFF te recordé hace algunas semanas y parece que llegué en el momento justo para compartir esta nueva etapa.

    Simplemente sentí que tenía que decirlo… ánimos, que ya iremos llegando.

    Un fuerte abrazo.

    1. Hola Diego, gracias por tu comentario.

      Me alegro de que te hayas animado a participar. Para mí es especialmente importante en este momento recibir comentarios de apoyo que me animen y me hagan sentir arropado, así que te lo agradezco.

      Ojalá, aunque me basta el compromiso conmigo mismo y ahora con los que vais apareciendo y dejando comentarios. Os lo agradezco.

      Un abrazo muy fuerte.

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