Me contactó hace un par de días. Por el extraño apodo del email parecía una chica. Decía que había encontrado ESDLV a raíz de los sueños lúcidos y que se lo estaba enchufando en vena. En su mensaje contaba que era la una de la mañana y seguía leyendo y flipando. Decía que había tenido muchas experiencias de sueños lúcidos y por lo visto también alguna esotérica. Era de Valencia y decía que, si tenía interés, podíamos quedar para tomar un café e intercambiar historias.
ESDLV me ha permitido conocer a un par de docenas de personas de todo corte y pelaje. Hace unos meses quedé con un chaval de 21 años que pensaba que le iba a dar plantón. Pasamos unas cinco horas trasegando quintos de cerveza y, cuando nos tiraron del local porque cerraba, nos despedimos con un efusivo abrazo de borrachos. He quedado con mucha gente y muy diferente, y todos sin excepción me han dejado un gran sabor de boca. Uno hasta me regaló un libro. Quizá un día aparezca un psicokiller de esos que salen en las noticias del telediario para ilustrar que Internet es un nido de ratas, pero de momento la cosa va inmejorable. Es por eso marqué su número para quedar por la tarde. Con un poco de suerte la lectora estaría buena. Con un poco de suerte, entre café y café, me preguntaría si quería tocarle las tetas.
De entrada parecía que la suerte estaba esquiva, porque el tipo tenía la voz ronca y no sonaba precisamente como una ninfa. Algo me decía que tenía más pelo en el cuerpo que yo. Deseé que no me preguntara, entre café y café, si quería tocarle las tetas.
A las cinco salía de casa con las gafas de sol y los auriculares en las orejas. Había quedado cerca del centro alemán, donde tendría que hacer el examen de evaluación del curso tras la cita a la que me dirigía. En mi cabeza, entre tetas y culos, bailaban adverbios, preposiciones y frases hechas en la lengua de Goethe.
Media hora más tarde llegaba a la plaza del ayuntamiento y ubicaba al lector gracias a su descripción. Era más alto todavía que yo, y llevaba la camiseta a rayas y las dos mochilas que había prometido.
—Soy informático y siempre voy cargado con ordenadores —explicó.
Nos marchamos a un café y nos sentamos en una mesa en la terraza.
—No dejes la mochila ahí, que puede pasar alguien y llevársela de un tirón.
La gente siempre me dice lo mismo. Yo sigo dejando la mochila ahí. Debo de ser muy inocente.
Él pidió un café granizado y yo un café bombón. Si hubiera sabido a lo que me enfrentaba hubiera pedido una tila.
Él estaba más o menos al tanto de mi vida. Es lo bueno de tener ESDLV, que la gente ya lo sabe todo de mí y yo me puedo centrar en conocer a la otra persona. Me dijo que tenía 45 años, que estaba casado y que tenía dos críos. Uno de ellos tenía once años y era una fiera jugando online al World of Warcraft.
—Aparentas bastante menos de 45 —dije.
—Sí, eso me dicen.
Esas fueron las últimas palabras "normales" que intercambiamos. A partir de ese punto se desató el armagedón.
El tipo hablaba como una ametralladora, saltando de un tema a otro de manera indistinta, intercalando frases que yo era incapaz de engarzar en un hilo conductor.
—Hablo muy rápido, ¿no? —se detuvo un momento.
Que hablara rápido era lo de menos. Era como si te explicaran los entresijos del 11S, los secretos de la iglesia católica y los detalles de un reactor nuclear a la vez, y además se intercalaran versículos sueltos de las páginas impares de la biblia. Eso en cuanto a la forma.
Empezamos hablando de los sueños lúcidos para pasar a las experiencias fuera del cuerpo. Por lo visto el tipo pasaba más tiempo fuera de su cuerpo que dentro. Yo, en su lugar, al final no sabría dónde tenía la cartera.
—No tomo drogas ni bebo porque paso tanto tiempo viviendo en el mundo de los sueños que después corro el riesgo de que la frontera se pueda diluir. Me da cosa un día saltar por la ventana y no estar durmiendo en la cama.
Me estuvo explicando cómo hacía él para hacer volar las cosas en sueños. Por lo visto no las podía hacer levitar, así que lo que hacía con la mente era empujarlas hacia abajo para que salieran después despedidas hacia arriba. Después me explicó que podía atravesar objetos sólidos con la mano. Si alguno se resistía, sólo tenía que apartar la vista para empezar el proceso.
—Para volar tengo dos métodos. El primero es aparecer en el aire sin más, pero eso no mola.
—Claro, me hago cargo —respondía yo.
—El segundo es ponerme unas alas. Hago así, chas —y hacía como que se incorporaba un kit de vuelo en la chepa, —y luego salgo volando. Pero no son unas alas grandes, sino pequeñitas, porque luego paso por lugares que pienso que no es posible que vaya con algo tan grande a la espalda.
Yo no terminaba de comprender lo del tamaño de las alas, pero para él todo parecía encajar sin ningún tipo de fisura. A mí me parecía suficiente. A esas alturas ya me estaba empezando a marear. Me revolví inquieto en la silla.
Me explicó un accidente de moto que había tenido. Al principio no se lo contó a nadie, pero en realidad se la había pegado por ir fuera de su cuerpo. Claro, a quién se le ocurre ir en moto fuera de su cuerpo. Tanto anuncio de la DGT y nadie te previene de que tal acrobacia sea una imprudencia. Si uno le pregunta a un policía, parece que mientras no vayas borracho ni drogado y lleves gafas de repuesto todo vale. Pero por lo visto no.
Me contó que cuando lo de la moto no estaba solo, sino que iba en compañía de un extraño ente al que identificó como una especie de maestro. Si el maestro llevaba casco y guantes, eso no lo detalló. El caso es que después de la hostia estuvo un buen tiro en el hospital, donde protagonizó una milagrosa recuperación que sorprendió a propios y extraños. Después pasó a relatar una historia de su niñez en la que entraba un su habitación un duende fluorescente.
Lo sé. Yo también flipaba. Mi mente trabajaba a destajo para intentar dar sentido a todo lo que recibía en una suerte de frenético Tetris mental. Seguía mareado. Podía no dar crédito a lo que me contaba o dejar que se desmoronara mi concepción de la realidad, y la última vez me había costado un año rehacerla. Durante la hora que estuvimos juntos el algoritmo fue:
10 Flipa
20 Recomponte
30 Go to 10
El momento álgido fue cuando me explicó una extraña habilidad que poseía:
—Es un poco difícil de describir. Yo estoy aquí, pero de repente hago así y lo veo todo desde otra perspectiva. Estoy aquí pero no estoy aquí. Es como si estuviera mirando desde otro ángulo —decía. —Y lo veo todo como si fuera una especie de sueño. Bueno, supongo que como si estuviera borracho.
Mi mente pugnaba por encontrar un suelo sobre el que pararse de pie. Me pellizqué un huevo. Cada frase abría en mi cabeza un torrente de pensamientos que me veía incapaz de procesar, así que no me quedaba más remedio que dejarlos ir y tratar de seguirle en su frenética carrera. Sin maestro y sin casco.
—No sé muy bien cómo llamarlo. Yo lo llamo "No estoy" —decía. —Mira.
Y se quedaba parado mirándome.
Yo no daba crédito. No podía; se me había acabado. "Dios, ¿qué es esto a lo que estoy asistiendo?" me preguntaba. ¿Qué va a hacer? ¿Qué va a pasar ahora? No sabía a qué atenerme.
Él me había contado que era increíblemente sugestionable, que una vez le habían hipnotizado y el hipnotizador se lo había pasado pipa. Le hizo olvidar el cuatro y no podía doblar el brazo. Decía que era algo delirante.
Mi profesora de PNL dice que aquellos que son muy sugestionables son grandes sugestionadores. Puedo confirmarlo: este tipo era un genio. Estaba parado delante de mí afirmando que no estaba y yo alucinaba en colores. Estaba acojonado. No sabía qué iba a pasar a continuación. Podía desaparecer de un momento a otro y yo tendría que pagar los cafés. Menuda movida.
Después me preguntó si me acordaba del grupo infantil Parchís, y me contó que había sido novio de la ficha amarilla y que se lo había pasado pirata. Después me dijo que Copperfield le había sacado en un espectáculo y le había hecho desaparecer. Luego contó un par más. De repente era una especie de Forrest Gump codeándose con personalidades y con fichas de parchís, y en un momento mi vida apareció desgastada y anodina en comparación con la suya. Aunque iba a flipar cuando le explicara con quién había estado hoy.
Le pregunté para qué había sacado esa serie de historias a colación. Me dijo que no lo sabía, que él sólo hablaba. Él hablaba y yo trataba de escuchar.
Cuando nos levantamos me temblaban las piernas. Tenía el cerebro frito y no sabía si hacía frío o calor. Me sentía como si hubiera estado resolviendo raíces cuadradas de cabeza mientras corría un encierro de San Fermín que duraba una hora. Después me acompañó hasta la puerta del centro alemán. No sé cómo habrá quedado el examen. Menos mal que no me importa. Ahora que lo pienso, estaré en Bielorrusia cuando salgan las notas.
Hay personas que hacen que tu mente se expanda, y hay personas que cogen tu mente, la centrifugan y la tiran por la ventana. Cuando la recogen y la suben la pillan con las puertas del ascensor. Luego le quitan el polvo y te la vuelven a poner en la cabeza. Este tipo era de los segundos.
Cada genio tiene una frase. Yo me quedé con esta:
—La gente dice que estoy loco. Pero oiga, yo hago mis horas y pago mis impuestos.
Gracias Dios por presentarme a este tipo.
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