El teléfono estaba sonando. Abrí los ojos. La luz entraba tenuemente por la puerta abierta de mi habitación. Era domingo y debía de ser temprano, así que el timbre del teléfono no hacía presagiar nada bueno. Me levanté con las tripas encogidas.
Al otro lado de la línea escuché la voz de mi padre. Supe inmediatamente que algo realmente malo acababa de suceder.
—Cógete un taxi y ven para aquí —dijo, y a continuación su voz se quebró—: tu madre ha muerto.
Las palabras me cayeron como un mazazo. Sentí que no era posible, que se trataba de algún tipo de malentendido. Se habría traspapelado algún formulario. Habría algún tipo de explicación. Todo quedó en silencio en mi interior.
—Cógete un taxi, no cojas la moto —repitió mi padre un par de veces más.
Me metí en la ducha y rompí a llorar. Mis lamentos resonaron en la quietud del domingo por la mañana. Estaba hecho añicos. Y me seguía rompiendo. Pero tenía cosas que hacer.
Cogí la moto y enfilé rumbo a casa de mis padres. Por el camino, amargas lágrimas brotaron en mis ojos mientras encajaba como podía la nueva situación, completamente inesperada para mí. Me concentraba en conducir y en mantenerme sobre el vehículo entre las brumas de mi visión. Aún así me alegré de haber decidido coger la moto: así podía llorar tranquilamente en la intimidad de mi casco. Mi madre se había ido.
Cuando llegué a casa de mis padres, allí estaban mis tíos y varias primas mías. Aquello parecía un velatorio, lo cual era bastante apropiado para la situación. En circunstancias normales es complicado reunir a más de cinco personas y conseguir que se callen. En aquellos momentos el silencio se podía cortar con un serrucho y hubiera seguido siendo silencioso.
Mi padre me dijo que mi madre estaba en el que había sido su despachito. Con el alma congojada, entré en la habitación.
Si hay algo que he descubierto en los últimos años es que es muy diferente imaginar algo que vivirlo. Es diferente hacerse una idea que sumergirse en la experiencia que esa idea representa. A lo largo de aquella mañana yo me había hecho a la idea de que mi madre había muerto. Ahora lo sabía. Lo estaba viendo. Lo estaba oyendo. De alguna manera más allá de las palabras, lo estaba sintiendo. Era la experiencia real de lo que había anticipado en mi mente. La gravedad cambió en aquel lugar cuando entré con pasos de plomo.
Allí estaba ella, tumbada sobre la cama enfundada en su pijama y envuelta en su batín azul. Un pañuelo alrededor de su cabeza sostenía la mandíbula en su lugar, como si no hubiera muerto de complicaciones de un cáncer de páncreas sino de un letal dolor de muelas.
Me acerqué y la besé en la frente. Estaba fría, y me sobresalté. Sabía que los cadáveres están fríos. La lógica, la razón y mis rudimentarios conocimientos de estados físicos de la materia no impidieron que un escalofrío me recorriera de arriba a abajo. Mi madre estaba muerta. Podría haber leído cien libros sobre el tema y la misma sensación me hubiera electrizado. La vida necesita ser vivida.
Tomé una silla y me senté frente a la cama. Quería empaparme de aquella experiencia, por doloroso que me resultara. Quería vivirlo con intensidad. Desde hace nueve años escribo un blog sobre el sentido de la vida. Aunque había visto la muerte en otras ocasiones, nunca la había sentido tan cercana, nunca me había cogido las tripas y había apretado. Era una oportunidad extraordinaria para aprender algo importante.
Era el primer cadaver que veía en mi vida, al menos tan de cerca. Vivimos en una sociedad en la que el sexo es tabú, y la muerte es triple tanto de palabra. Vivimos como si fuéramos a vivir para siempre, cuando la muerte es condición necesaria e indispensable. Aproveché para empaparme de ella. Me serviría para vivir más intensamente.
Mi madre estaba absurdamente quieta. Su aspecto era irreal. Me di cuenta de que hay algo muy diferente entre estar muerto y estar dormido, aunque en ambos casos uno esté inmóvil sobre una cama. Era la respiración. Mi madre había dejado de respirar, y eso convertía la imagen en algo que me resultaba imposible de asimilar. Ahora era como un cuadro o una silla. Un objeto material. Algo casi imperceptible como el hecho de respirar nos dotaba a los humanos de una cualidad que rezumaba vitalidad. Quizá se tratara de algo más difícil de percibir todavía: el latido de un corazón.
Me di cuenta de que había algo que había dejado de estar allí. Llámalo como quieras; una energía, una sutil vibración, un alma, un espíritu. Ese algo que anima nuestros cuerpos físicos y que nos diferencia de los muebles. Una vitalidad. Lo que fuera que, en lo más profundo, había sido mi madre, esa esencia única y distintiva, ya no estaba allí. Se había marchado. Lo que allí quedaba era la carcasa, la vaina, el avatar. Esa otra parte había ya salido de allí. Para no volver. Y ese era el pensamiento más doloroso, la certeza de que, desde ese día, tendría que vivir para comprender el significado de dos sencillas palabras: nunca más.
Nunca más podría verla con vida. Nunca más podría volver a escuchar su voz. Nunca más podría tomar su mano o besarla en la frente. Nunca más. Este era el fin de aquel hilo de la historia de mi vida.
Me levanté y salí de la habitación. Mi padre me dijo que mi hermana estaba ya de camino desde Francia, así que llegaría hacia media tarde. Pensé en ella y en cómo habría encajado la noticia.
Creía que mi madre sobreviviría al cáncer. Había tenido que hacerme a la idea de su estado. Había tenido que creer en sus posibilidades. Era la mejor manera de ayudarla. En mi mente, había apuntalado ese pensamiento con muchos otros. Ahora debía enfrentarme a la realidad y pagar el precio por haber creído firmemente. Una parte de mí se había derrumbado, y ahora, con sus cascotes, debía empezar a reconstruir de una manera útil y beneficiosa.
Durante los últimos meses todo pareció ir bien. Las sesiones de quimio y radioterapia estaban siendo satisfactorias. Mi madre estaba físicamente débil, pero fuerte de espíritu. Se encontraba bien la mayor parte del tiempo. A veces yo comía con ella y con mi padre y después, mientras mi padre dormía su siesta, yo me sentaba con ella y le hacía una sesión de hipnosis en la que el tiempo volaba y ambos conectábamos de una manera en la que jamás me había sentido conectado con nadie antes. Aprendí mucho de aquellos ratos juntos. Todo iba bien.
Pero a mediados de Marzo empezó a encontrarse mal de repente. Empezó a vomitar y a rechazar hasta el agua. Le diagnosticaron una oclusión intenstinal de la que tuvieron que operarla días más tarde, y después cogió una neumonía hospitalaria de bacterias resabiadas. Se empeñó en que le dieran el alta y se marchó a casa. Estaba ya tan débil que su respiración era muy pesada y apenas podía moverse por sí misma. Yo pensé que se recuperaría, que sólo era un bache. Dos días después, expiraría sentada en una mecedora en la cocina de su casa, el lugar que eligió para morir, en el centro neurálgico de su propio reino, donde durante años nos alimentó y nos vio crecer, donde durante años conversamos largamente sobre cientos de temas diferentes. Ahora, nunca más.
Llegó el de las pompas fúnebres, sacó un iPad y empezó el papeleo. Tres semanas después no ha hecho más que crecer y complicarse. Una de las ventajas de morirse debe de ser que uno se libra de todo lo que implica desaparecer del sistema. No tiene que pensar en esquelas, ni en certificados de defunción, ni en cuadernos particionales ni en otro ciento de cosas. La muerte le libra a uno de todo protocolo burocrático. No hay papeles que firmar ni facturas que pagar ni abogados que visitar. La muerte es fácil; sólo hay que morir.
Mi hermana llegó y dijo que quería ver a mi madre, así que aquella misma tarde fuimos al tanatorio. Nos abrieron la sala y entramos. Había un cristal tras el cual había una especie de cortina gris. Mi hermana pulsó el botón que hizo que comenzara a ascender, y allí estaba mi madre tumbadita en el ataúd. Me seguía resultando imposible concebir aquello. De alguna manera podía ver a mi madre sacarnos la lengua y empezar a reír. Después abriría los ojos y nos diría “¡Es broma!”. Pero no era broma. No sacó la lengua ni rió ni dijo nada. Simplemente permaneció allí inerme, muerta. Mi hermana rompió a llorar desconsoladamente y yo fui detrás. Ahora éramos medio huérfanos. Para muchas cosas, nunca más. Una parte enorme e insustituible de nuestras vidas se había volatilizado súbitamente. Nunca más.
La familia había quedado cercenada, mutilada. Los tres nos sentíamos como si nos hubieran arrancado una parte de las entrañas. Había algo que había permanecido con nosotros durante toda nuestra vida y ahora alguien nos lo había extirpado. De sopetón y sin anestesia.
Dicen que en el duelo se experimenta dolor. No lo viví yo así. No era dolor, era otra cosa. Todavía no he inventado la palabra para eso, y no creo que exista. Yo lo resumí en dos palabras: “Puta mierda”. Sé que no es muy expresivo, pero me hacía sentir mejor y sobrellevar su ausencia, así que “puta mierda” se convirtió en mi mantra para los siguientes días. Puta mierda.
Empecé a llamar a mis amigos. La madre de uno de mis mejores amigos murió hace ya muchos años, y todavía hoy recuerdo su voz quebrada al teléfono dándome la noticia. Esta vez era mi turno. Poco sabía yo de lo que se siente exactamente. Esta vez pude saber.
Hicimos una pequeña ceremonia de despedida en el crematorio. Mi padre me preguntó el día anterior si quería decir algo durante la misma, y sentí la certeza de que sí. No sabía qué diría, no sabía cómo lo haría, pero sentí que quería decir algo. Sentí la certeza certeramente, como pocas veces la siento. Continuaba aprendiendo sobre mí.
Acudieron decenas de personas. Es lo que me gusta de los entierros. Son una oportunidad para volver a encontrarme con todos aquellos de los que, por un motivo u otro, me he ido alejando en la vida. Cada uno recorre su propio camino, y los entierros son cruces de caminos en los que de nuevo muchas líneas vuelven a confluir por un instante en el espacio. Pude reírme y bromear, y durante algunos momentos aliviar mi tremendo pesar. Me alegré de muchos reencuentros.
Encontré a la que fue mi profesora de lenguaje en el colegio, y pude agradecerle el haber despertado mi interés por la escritura. Le conté la primera redacción de texto que nos puso, cómo había disfrutado durante su confección y cómo el diez que me puso más tarde me hizo pensar que quizá aquello fuera lo mío. Después de aquel diez vinieron unos cuantos más, y desde entonces escribo, y escribo y escribo. Es algo que se ha convertido en una parte más de mí, en ocasiones como esta una imperiosa necesidad. Es parte de cómo proceso e integro las experiencias que vivo.
Pesar, pesar es la palabra que más se acerca a lo que experimenté durante aquellos días. Son momentos en los que literalmente cambia la gravedad. Uno recuerda qué es lo que le hace sentir vivo, y lo hace con indiscutible certeza. Cambia el peso de las cosas. Cambian las prioridades. Lo importante se distingue claramente de lo ridículamente irrisorio. Es un buen momento para conocerse un poco más a uno mismo.
La señora que conducía la ceremonia terminó de leer un poema que ni siquiera oí. Estaba mirando el ataud. Estaba empapándome de todas aquellas sensaciones. Era un instante que quería recordar para siempre. Mi madre me había hecho el regalo de recordarme que seguía vivo, y quería atesorar ese regalo. Quería poder levantarme cada mañana recordando que era un día nuevo, y que hiciera sol o tronara, era una nueva oportunidad de vivir un nuevo día en este planeta, de seguir evolucionando.
Me levanté desde el banco y caminé hacia el estrado. Cuando miré la sala encontré cien caras que me miraban a mí. Tenía toda su atención, así que, como pude, empecé a hablar.
Quise transmitir el recuerdo de mi madre, su esencia, el significado que para mí había tenido su vida, y lo que de ella había, sin saberlo, aprendido. Mi madre nos había criado a mi hermana y a mí. Había sido la mujer de mi padre durante cuarenta años. Había desempeñado el oficio de esposa y de madre. Era su primera vez y a nadie le enseñan a esto. Yo era la prueba viviente de su trabajo. De ella había aprendido el valor de la dedicación y del sacrificio, entendido como un acto sagrado, una entrega a algo que va más allá de uno mismo. Trascendencia. Era mi responsabilidad continuar con su legado.
Conté lo que había experimentado al presenciar su cadáver, esa sensación de que ese cuerpo era solamente una carcasa, y que ese algo que lo animaba ya se había marchado. Mi madre había dejado de existir físicamente. Ya no podía verla, oírla o sentirla fuera de mí, pero de alguna manera sentía que mi madre continuaba viva en mi interior, que continuaba viviendo en mí. Desde entonces iría conmigo a todas partes. Era una extraña certeza a la que todavía me estoy acostumbrando. Estamos hablando de la vida y la muerte. Todo lo que se me ocurre se puede resumir, como otras tantas cosas durante estos días, en dos palabras: quién sabe.
Me tembló la voz. Me temblaron las piernas y la mitad de los músculos del cuerpo, pero lo hice. Cuando terminó la ceremonia, la señora que dirigió el proceso se acercó para felicitarme. Me dijo que había descrito muy bien esa sensación que, según dijo, mucha gente siente. Después de tantos años, poner palabras a las cosas es algo que se me da bien.
Poco a poco me fui despidiendo de todos, y los caminantes volvieron a partir en sus caminos, quizá hasta la próxima ceremonia. Entonces quedamos mi padre, mi hermana y yo. Afortundamente, JC, mi cuñado francés de facto, permaneció unos días más con nosotros. Hicimos una piña compacta y nos apuntalamos los unos a los otros.
Queríamos arrojar las cenizas al mar. Los tiempos avanzan que es una barbaridad y ahora hacen urnas biodegradables, de manera que las cenizas pueden tirarse al mar urna incluida. Esto nos daba nuevas opciones.
Unos días más tarde tomamos el coche y pusimos rumbo al cabo de la Nao. Allí exploramos la costa y buscamos un lugar que encontráramos apropiado. Nos asomamos a un muro. Un escarpado acantilado se extendía ante nosotros.
—Desde aquí necesitaremos una catapulta —le dije a mi hermana.
El humor fue nuestra tabla de salvación durante aquellos días. Lo sigue siendo.
Finalmente encontramos un lugar desde el que podíamos dejar caer la urna en vertical desde una altura de 120 metros. Ninguno de nosotros pensó que aquello fuera una buena idea, así que retornamos con las cenizas de mi madre resolviendo que esperaríamos al verano, cuando unos familiares nos dejarían un barco y depositaríamos las cenizas en alta mar. Ahora mi madre reposa sobre la mesa de su pequeño despacho, a la espera de que llegue el día en que regrese al mar.
Puta mierda. Se fue demasiado pronto. O quizá no. Quién sabe.
Hay algo curioso en este trance. La muerte es uno de esos pocos momentos en que todos los tópicos son aplicables. Todo lo que uno diga al respecto encaja. Todas las frases que se dicen en estas ocasiones suenan apropiadas. Todo confluye.
Sólo queda ahora encontrar las que me encajen a mí, las que lo doten de sentido, las que me hagan más fuerte y más flexible. Las que me hagan crecer como humano.
Gracias, mamá, por todo lo que sin darme me diste. Gracias por todo lo que aprendí de ti. Gracias por darme la oportunidad de vivir, de nacer de ti y de disfrutar de tu compañía durante tantos años.
Sigues viajando conmigo.
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